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Mashhad, el epicentro de un mapa multipolar en duelo

Diecisiete muertos, puentes ferroviarios cortados y una central nuclear rozada por las bombas estadounidenses anticiparon la ceremonia de sepultura en Mashhad del ayatolá Seyed Ali Jamenei. La tregua fracturada traza el futuro de la negociación entre EEUU e Irán.

Una multitud rodea los féretros de Jamenei y sus familiares en su despedida en Mashhad. (Atta KENARE | AFP)

Salí de Teherán a las cinco de la mañana, cuando el termómetro todavía marcaba una tregua de veinticinco grados y la ciudad, extenuada después de seis días de multitudes, observaba cómo otra parte de ese mismo gentío se dirigía a Mashhad para ser testigos de la sepultura del ayatolá Seyed Ali Jamenei. Tomé la autovía del Imam Reza, la misma que durante mil años usó la Ruta de la Seda, hoy un asfalto de dos carriles que atraviesa casi 900 kilómetros de meseta.

Crucé Garmsar, después Semnan, con su bazar techado y su vieja mezquita del viernes asomando entre edificios bajos color arena. Pasado el mediodía entré en Damghan, ciudad parta de las que ya casi nadie se acuerda y media hora más tarde Shahrud, donde se guarda el santuario del místico Bayazid Bastami, otro tipo de santidad, más antigua, más silenciosa, que el país entero pareció haber dejado en pausa esta semana.

El sol para entonces ya pegaba fuerte, treinta y ocho grados marcaba el tablero del auto a la altura de Sabzevar. La última parada fue Neyshabur, ciudad de turquesas y de dos tumbas reconocidas: la de Omar Jayam, el poeta y matemático que pidió ser enterrado donde los pétalos de los almendros cayeran sobre su lápida cada primavera; y la de Attar, el místico que los mongoles mataron a los setenta años. Todo ese trayecto estuve pendiente de si el memorando de entendimiento firmado en Islamabad menos de un mes atrás iba a sobrevivir a esta semana o si se iba a quebrar como tantas otras treguas en esta región, exactamente en el peor momento posible.

Llegué al perímetro del aeropuerto Shahid Hashemi Nejad a tiempo para verlo a la distancia: un avión civil, sin insignia militar visible, escoltado por dos cazas de la Fuerza Aérea Iraní. El vuelo había despegado esa misma mañana desde el aeropuerto internacional de Nayaf, en Irak, después de una noche entera de oraciones junto al santuario del Imam Alí. La ceremonia, prevista originalmente para las seis de la mañana, debió reprogramarse para las dos de la tarde, los homenajes en el país vecino se habían extendido más de lo calculado. El avión aterrizó, pero el féretro quedó primero en el aeropuerto, mientras la ciudad terminaba de prepararse. Después se organizó el traslado terrestre por la avenida Imam Reza hasta las puertas del santuario.

Abajo, Mashhad ya no era una ciudad: era una multitud con forma de ciudad. El féretro venía con la tierra de otro santuario todavía pegada a las ruedas de la carroza fúnebre que lo había llevado por Karbalá –la ciudad santa para los musulmanes chiíes– y se posaba donde había nacido, pasado su infancia y su formación en el seminario. Escribo esto mientras la firma del memorando de Islamabad empieza a mostrar grietas.

La cúpula que se vistió de luto

El termómetro marcó más de treinta y cinco grados desde temprano y los quince millones de peregrinos no se movían de sus lugares. El rojo predominaba en el paisaje y no por el sol de la tarde, sino por las banderas. A mí alrededor también se levantaban estandartes negros de luto puro y muy pocas verdes, blancas y rojas, la tricolor iraní, sostenidas por manos que preferían mezclar el símbolo religioso con el nacional en un mismo gesto.

Entre las banderas negras y rojas se distinguían otras que no eran iraníes, alzaban banderas amarillas con el puño y el fusil bordados, las mismas que ondean en los funerales de Beirut y se mezclan con los estandartes que remiten a Bagdad, Saná y Damasco. La fotografía completa del eje de la resistencia adentro de la propia multitud.

Ropas, cuerpos, gestos

Los hombres, vestidos de negro riguroso, avanzaban golpeándose el pecho con las palmas abiertas, en el ritmo lento y compacto que solo entienden los cuerpos entrenados en el luto colectivo, un ritmo que aprendí a reconocer hace veinte años. Algunos llevaban turbante blanco, otros el turbante negro reservado a los descendientes del profeta Mahoma.

Las mujeres, envueltas en chador negro de pies a cabeza, cargaban en brazos a hijos vestidos también de luto. Algunas llevaban colgados del cuello retratos plastificados de Jamenei, otras sostenían pañuelos que arrojaban hacia el féretro cuando este pasaba cerca, en un gesto ritual antiguo, quien logra que su tela roce el cajón cree llevarse de vuelta a casa una bendición.

La ciudad entera se convirtió en un organismo de auxilio, camiones cisterna avanzaban al paso de la multitud, rociando agua fría a quienes empezaban a tambalearse por el calor. Ambulancias con la media luna roja pintada en el costado esperaban cada cien metros. 

El regreso después de cuarenta y siete años

Hace casi medio siglo, Jamenei dejó esta ciudad rumbo a Teherán para asumir un cargo que todavía no imaginaba de por vida. Volvió pocas veces y nunca para quedarse. Cuarenta y siete años después, su cuerpo vuelve a la ciudad sagrada de Mashhad de manera definitiva donde el Imam Reza –el octavo de los doce imanes del chiísmo– es el único de los doce enterrado en este país, lo que convierte al santuario en el más visitado, destino de peregrinación permanente todo el año. Sobre las calles que llevan al santuario, mientras se rezaba, dos cazas MiG-29 de la Fuerza Aérea del Ejército iraní sobrevolaban en círculos lentos la multitud. Aviones de diseño soviético, parte de una flota que Teherán empezó a sumar a fines de los años ochenta y que engrosó con los propios cazas iraquíes que cruzaron la frontera huyendo de los bombardeos aliados en la Guerra del Golfo de 1991 y que Irán nunca devolvió. Treinta y cinco años después, ese botín de otra guerra volaba sobre este duelo.

Estados Unidos rompe el cese del fuego en medio de los funerales

Los ataques estadounidenses empezaron en la madrugada del miércoles, un día antes de que el féretro tocara suelo iraní otra vez. El Comando Central de EEUU lo anunció como represalia por ataques que atribuyó a Irán contra tres buques comerciales en el estrecho de Ormuz. Irán lo negó.

Una primera oleada de ofensivas estadounidenses golpeó más de noventa blancos militares ubicados en cinco provincias iraníes. Los objetivos fueron los puentes ferroviarios de la ruta Teherán-Mashhad, cortada en el punto Aq Qala, Golestán, y el entorno de la única planta nuclear operativa en Bushehr. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró que la tregua había terminado e Irán denunció el ataque como un crimen de guerra flagrante.

Cuando llegué a Mashhad, el conteo del Ministerio de Salud iraní informó de la muerte de 17 civiles y de 93 heridos. Esa noticia tenía un origen, un buque incendiado en Ormuz, un féretro cruzando fronteras, una cumbre de la OTAN en Ankara. 

Horas después, en Turquía, el presidente estadounidense declaró muerto el memorando que apenas tiene tres semanas de vida. Hechos en una misma semana que no se entienden por separado. Esa cronología, espesó todavía más el aire de determinación que ya flotaba sobre la avenida, la certeza de que ni siquiera el día del entierro definitivo el país dejaría de estar, también, en guerra.

La tregua que se rompió mientras rezaban

Fueron un centenar las delegaciones internacionales que participaron del funeral de Jamenei. Y detrás de esa imagen diplomática hay algo más frío y más concreto que la simpatía política. Por el estrecho de Ormuz, a mil kilómetros de donde estaba, pasa una quinta parte del petróleo que se mueve por mar en todo el planeta. Controlar quién navega es una carta de negociación más eficaz que todo el arsenal de Irán. Para Estados Unidos, ceder ese control equivaldría a admitir una derrota en una guerra que inició sin sentido.

Ninguno de los dos puede resignarse a eso sin perder algo mayor que el propio estrecho, y es en esa asimetría donde vive el verdadero peligro esta semana. El interrogante es si Washington y Teherán pueden convivir con un estrecho que ninguno de los dos controla del todo o si esta semana fue el primer capítulo de la respuesta.

El memorando firmado el 17 de junio en Islamabad, con Qatar y Pakistán como garantes, era hasta el martes la promesa frágil de que la guerra abierta el 28 de febrero podía cerrarse en una mesa y no en un cementerio.

*Con la colaboración en la traducción de Natacha Casenave