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El otro 18 de julio: del golpe de Estado a la Revolución social

Mientras Euskal Herria quedaba dividida entre fascistas y leales a la República, en otros puntos del Estado el golpe militar del 18 de julio de 1936 propiciaba la situación perfecta para que los anarquistas llevaran a cabo el ansiado sueño igualitario: la Revolución social.

Ilustración de propaganda anarquista, elaborado por la CNT-FAI en 1933. (ANN RONAN PICTURE LIBRARY | PHOTO12 via AFP)

Si bien el 18 de julio es recordado por el fracasado golpe de Estado de 1936 que terminaría desembocando en una guerra de casi tres años en el Estado español, también es cierto que la intentona golpista dio alas a aquello que pretendía evitar: la Revolución social. Entre julio de 1936 y el verano de 1937 tuvo lugar a lo largo del Frente de Aragón un episodio histórico único y uno de los movimientos obreros más importantes del siglo XX, con la implantación del comunismo libertario en multitud de pueblos y comarcas, gracias a la fuerza conseguida por la CNT durante los años previos.

Cuando el 19 de julio se comenzó a difundir por la radio la noticia de que, al parecer, un grupo de militares se había levantado en África, en distintos pueblos se organizaron asambleas de las que surgieron los comités antifascistas locales. Estas organizaciones fueron las encargadas de apagar cualquier conato reaccionario en sus calles –en caso de que lo llegara a haber– y velar por el mantenimiento del orden social, especialmente en el este de Aragón, donde se impondría la Revolución, al contrario que la zona occidental, en la que, junto a las tres capitales de provincia, triunfaron los facciosos. Días más tarde, cuando el estallido del conflicto ya era un hecho, fueron los propios comités los que tomaron el control de ayuntamientos y comarcas enteras, pasando muchas veces por encima de la influencia del mismo Estado.

Bajo el lema «cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades», una de las primeras medidas en acordarse durante dichas asambleas fue la colectivización de las tierras, para lo cual era necesario expropiar a los grandes terratenientes locales y a la Iglesia, los cuales, bajo el nuevo orden social, habían perdido toda influencia pasada. Precisamente, la reforma agraria en el Estado había sido una de las principales reclamaciones del campesinado durante la II República española, que no llegó a cumplir las expectativas del proletariado agrícola. 

Además, el dinero quedó abolido, implementándose un sistema de vales que garantizaba la igualdad económica entre la población. Gracias a las nuevas técnicas de cultivo puestas en práctica por los libertarios, unidas al mayor aprovechamiento del suelo fruto de la expropiación, se logró incrementar la producción de diversos cultivos, tal como confirman datos del Ministerio de Agricultura republicano. Sin embargo, este sistema estuvo profundamente marcado por el conflicto bélico, ya que gran parte de la producción agrícola debía ser enviada al frente para alimentar a los milicianos, tarea de la que se encargaban las distintas federaciones comarcales.

Apuesta de la CNT por el comunismo libertario

Aunque las colectividades anarquistas también tuvieron lugar en Catalunya y el País Valenciano, fue en Aragón donde contaron con un mayor apoyo popular: hasta 510 pueblos, que aglutinaban a un total de medio millón de habitantes, implantaron el anarcocolectivismo. Previamente, en el Congreso de Zaragoza celebrado en mayo de 1936, la CNT había acordado apostar por el comunismo libertario como vía revolucionaria para derrocar al Estado. El Consejo de Defensa de Aragón, creado en octubre de 1936 bajo la presidencia del ‘solidario’ Joaquín Ascaso, fue el encargado de organizar esta empresa.

La vigencia de esta institución, reconocida en un primer momento por el Gobierno republicano, se alargó hasta agosto de 1937, cuando fue disuelta por las tropas del general Enrique Líster, como consecuencia directa de los Sucesos de Mayo de 1937, los enfrentamientos entre anarquistas y trotskistas con comunistas y socialistas en las calles de Barcelona, detalladamente descritos por George Orwell en su ‘Homenaje a Catalunya’. 

Cartel propogandístico de la CNT-FAI. (CNT)

En su obra, el cronista inglés retrata el carácter revolucionario que percibe entre sus compañeros milicianos en el frente de Aragón: «Las milicias de trabajadores […] originaban la concentración del sentimiento más revolucionario del país y lo canalizaban en un sentido determinado. Yo estaba integrando, más o menos por azar, la única comunidad de Europa occidental donde la conciencia revolucionaria y el rechazo del capitalismo eran más normales que su contrario. En Aragón se estaba entre decenas de miles de personas de origen proletario en su mayoría; todas ellas vivían y se trataban en términos de igualdad. En teoría, era una igualdad perfecta, y en la práctica no estaba muy lejos de serlo».

Aunque después de agosto de 1937 las colectividades quedaron muy tocadas, debido a la represión e incluso a la muerte de algunos anarquistas destacados a manos de militares y guardias de asalto, fue la entrada de los fascistas en marzo de 1938 lo que supuso el fin del sueño igualitario y el exilio de sus impulsores, sabedores de que, en caso de caer en manos reaccionarias, pagarían con la muerte el mundo nuevo que llevaban en sus corazones. Aunque solo fuera por un corto espacio de tiempo, protagonizaron una de las mayores experiencias autogestionadas de la historia de Europa, abriendo nuevos horizontes.

De Ucrania a Bastida

El comunismo libertario se implementó en el Estado español durante la Revolución social de 1936, aunque ya existían experiencias previas en Europa. De hecho, uno de los referentes de los anarquistas españoles fue la Ucrania de Nestor Makhno, el revolucionario que dirigió al pueblo hacia el comunismo libertario. Durante su exilio en París, los reconocidos anarquistas y miembros del grupo Los Solidarios Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso se reunieron con él.

Si bien en Euskal Herria, donde el movimiento libertario contaba con mucha menos implantación que en otros territorios peninsulares, las colectividades anarquistas no llegaron a existir, sí que es cierto que existe algún episodio que otro en el que se intentó implementar el sueño igualitario; concretamente, en Bastida.

Tras las elecciones de noviembre de 1933, que darían inicio al conocido como el Bienio Negro o Bienio Contrarrevolucionario, la CNT acordó pasar a la acción y responder al recién formado Gobierno de derechas con una insurrección revolucionaria. Así, entre el 8 y el 10 de diciembre, los anarquistas se hicieron con el poder –o se deshicieron de él– en numerosos pueblos del Estado, especialmente a lo largo del valle del Ebro. De esta forma, llegó hasta Araba y Nafarroa.

En Bastida, una veintena de militantes anarquistas tomaron el Ayuntamiento y quemaron el archivo del registro de la propiedad, una práctica extendida en el movimiento ácrata con el fin de eliminar cualquier rastro del viejo mundo. Hasta 32 revolucionarios fueron procesados en el municipio alavés.