La odisea de Bechdel
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Quise ir a ver "La Odisea" el mismo día del estreno. A mi novio y a mí nos gusta mucho la mitología griega, así que ahí estábamos, con otras cincuenta personas más, todas haciendo cola para ver la que prometía ser una de las mejores películas del año.
En el mostrador del cine nos atendió nuestra amiga Nahia, que pareció sorprendida cuando pedimos dos entradas para ver la nueva película de Nolan. «No me digáis que vais a ser el hombre del cigarrillo», dijo, y vino a mi mente la imagen de un hombre misógino y «experto» en cine al que le encanta hacer mansplaining sobre películas que considera obras maestras.
Entonces descubrí que el 70% del público estaba compuesto por hombres. Hombres que posiblemente venían a ver un blockbuster de acción y violencia, con un extra de mujeres estereotípicamente hermosas y sexualizadas. Me pregunté si me habría equivocado al elegir la película y crucé los dedos para que los que se decepcionasen fueran ellos. Tras ver la cinta, salimos de la sala escuchando a gente comentar los efectos especiales.
Por mi parte, me pregunté si Zendaya habría llorado al saber que su Atenea debía limitarse a ser guapa y mirar con desaprobación al protagonista, en lugar de manejarlo a su antojo, como hace en la historia original. También si Samantha Morton habría leído "Circe" para interpretar a la hechicera y si se habría cabreado cuando vio que debía hacer de bruja loca y misándrica durante apenas cinco minutos. Imaginé a una minúscula Alison Bechdel posada sobre el hombro de Nolan, gritándole que la película no cumple las tres reglas básicas para superar su test: que salgan dos mujeres, que hablen entre ellas y sobre algo que no sea un hombre. Él la ignoraba, orgulloso de su película feminista, ya que ha basado el guion en la traducción de una mujer.
No fuimos el hombre del cigarrillo, pero me quedó claro que seguiremos consumiendo contenido customizado para él durante muchos años más, mientras la mirada masculina siga entorpeciendo la carrera de las mujeres.