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Jon Savage, el libre instinto de la cultura popular

Bajo su habitual prosa de dinámica erudición, el crítico y periodista británico amplía con ‘El público secreto’ (Liburuak) su análisis sobre la sociedad de consumo, en este episodio recogiendo la influencia en su construcción de la población LGBTQ.

El autor londinense Jon Savage. (Jeff COTTEDEN - WORLD)

Pocas firmas han hecho tanto por otorgarle nobleza a la literatura dedicada a diseccionar la cultura pop como la de Jon Savage (Londres, 1953), convirtiendo cada una de sus obras en didácticos ensayos formulados con la agilidad de una canción poseedora del más pegadizo estribillo. Géneros musicales, tribus urbanas y, en definitiva, el retrato social sobre el que se sustentan esos brotes generacionales son el alimento principal de auténticas radiografías que se posan en lo anecdótico para traducir su imprescindible contagio. Porque el autor sabe perfectamente que una melodía, un fotograma o un simple gesto, como ese icónico aleteo de una mariposa, es capaz de generar una tormenta colectiva.

Cualidades que se dan cita en ‘El público secreto’, un monumental recorrido, y no me refiero únicamente a sus casi 900 páginas, por los episodios más significativos en cuanto a su representatividad y trascendencia para el colectivo LGBTQ, incluso cuando dicho término no existía todavía. Un exhaustivo análisis sitiado por dos fechas, 1955 y 1979, que nada tienen de casuales y sí mucho de esenciales en la historia de esa relación entre el arte y su público. Un escenario al que era especialmente complicado saltar cuando uno no pertenecía en exclusividad, o no se manifestaba con la suficiente rotundidad, al único modo aceptado y asumido de relacionarse afectivamente: la heterosexualidad.

Rock and roll y purpurina

Pero como todo constructo social, su condición es más impositiva que real, y aunque cautivos del control social, la eclosión del rock and roll, que era también la de un nuevo tipo de arquetipo consumista, el adolescente, supuso una puerta de entrada, aunque fuera a través de sus rendijas, de figuras como las de Little Richard, que antes de estrella del género fue amplio conocedor de los ámbitos más marginales gais, o Johnnie Ray, suspiro de tantas féminas gracias a una vulnerabilidad y sensibilidad escondida tras su bisexualidad. Primeras figuras de un ecosistema que, más allá de estrellas como Rock Hudson, al que Hollywood no paraba de inventar señuelos que indujeran a su masculinidad, o un Elvis Presley que encarnaba la esencia de los indecoroso, contaba con una cantidad enorme de héroes y heroínas anónimas que hasta finales de los años sesenta, en Estados Unidos y Gran Bretaña, cunas de la cultura popular, no vieron sus pulsiones íntimas –no hegemónicas– resguardadas de prohibiciones legales.

Puede ser difícil asumir la línea directa que relaciona al fenómeno fan, asociado por entonces al público femenino, con el nacimiento de una creciente tolerancia a la diversidad sexual, pero que unos chicos malos como los Stones mostraran una estética andrógina y que toda una moda pop escogiese coloristas y entallados atuendos, en clara consonancia con lo que se vendía en las calles donde paraba el colectivo gay, suponía un cambio sustancial en la manera de entender las relaciones sociales y afectivas. El relato erótico donde el hombre rudo era intercambiado por uno sensible y vulnerable en los pósteres de las habitaciones, suponía en realidad un shock que subvertía el hasta ese momento inamovible orden sexual.

Portada de ‘El público secreto’ (Liburuak).

Grietas en un muro que David Bowie se encargó de detonar, y más que por su presencia o labor creativa, que también, lo logró declarando abiertamente en 1972 para la revista Melody Maker su homosexualidad. Es el músico británico uno de los epicentros de esta obra, tanto es así que la atención y estudio de su persona representa un propio libro en sí mismo. Fuera parte de una estrategia comercial, sabedor de que era capaz de tutelar con un cambio de estética el nacimiento de una corriente o expresión cultural como así pasaría con el glam, o impulsada por la necesidad íntima, sus explícitas palabras daban un nuevo sentido a su presente y futura manifestación artística, y por extensión a todo un sentimiento colectivo que ha tomado sus canciones como una cátedra de liberación identitaria.

Desde todos los ámbitos se grita libertad

Aunque sí de los más ilustrativos, el autor de ‘Starman’ es solo uno de los muchos casos que, en esas dos décadas que abarca el libro, hicieron de su visibilidad un vehículo para ondear la  bandera arcoíris. Un despliegue de nuevas realidades que se asomaban por campos diversos, mientras en las artes plásticas Andy Warhol asumía el papel de enlace con toda una colectividad queer, el exquisito productor Joe Meek, de azarosa y atormentada vida, trasladaba su melodramática experiencia personal a la morfología de sus grabaciones. El ya por aquel entonces multitudinario alcance del rayo catódico emitido por las pantallas, hacía de películas como ‘Víctima’, protagonizada por Dirk Bogarde, o el documental ‘The Rejected’ el reflejo de una realidad que, incluso en años de mayor tolerancia, la mayoría de las veces se veía coaccionada a tintar los cristales de su intimidad.

La progresiva despenalización de ciertas conductas sexuales se tornó en una celebración trasladada a las discotecas, danzas nocturnas, todavía recatadas ante la mirada inquisitorial de ciertos sectores de la sociedad, que sin embargo por primera vez mostraban sin ambages su orgullo. Una puesta en escena que podía ser igualmente validada alrededor del festivo cliché expuesto por Village People pero sobre todo gracias a himnos como el firmado por Sylvester, ‘You Make Me Feel (Mighty Real)’. Una composición, encomendada como parada final de este libro, que no escondía su condición, ni la de su cantante, y que por primera vez no se filtraba afligida, sino entonando bajo un solemne festejo la incontestable decisión de escoger el género de nuestra pareja de baile.

Jon Savage, con esta apabullante cronología, disecciona la naturaleza de una época que comenzaba, o lo intentaba, a conjugar la libertad sexual. Pero no conviene interpretar esta inmensa –en todos los sentidos de la palabra– obra exclusivamente a modo de fotografía del pasado, porque contiene en sus reflexiones, principalmente en la constatación de que a cada época de avances sociales le sigue una que pretende revertirlos, un aprendizaje aplicable a un presente cada vez más dominado por miradas reaccionarias. Detener, o incluso desandar, el avance que en materia de democracia afectiva hemos apreciado en las últimas décadas sería un fracaso que no nos podemos permitir, una consideración que apela directamente también a las expresiones culturales, que, como queda avalado en estas páginas, es un suministro esencial en la forma de observar la realidad. Se trata pues de una labor conjunta construir un muro inamovible en su determinación por asumir que no existe, ni existirá, un instinto erótico más digno que otro.