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Naomi Watts, la «affaire» Lynch

Naomi Watts, en el Festival de Toronto, el pasado 12 de septiembre. (Valerie MACON | AFP)

Naomi Watts (Shoreham, Gran Bretaña, 1968) era hija de actriz y del mánager de giras de Pink Floyd. Recién mudada a Australia, con 14 años, Watts empezó a dar clases de interpretación y empezó a presentarse a cástings y, como el mundo es un pañuelo aquí y en Australia, entre pruebas fue haciéndose íntima de una joven Nicole Kidman.

Watts finalmente apostó por una carrera como modelo en Japón, pero los meses que allí pasó la convencieron de que no quería trabajar ni en Japón, ni delante de una cámara. Luego, se enrolaría a una revista como editora de la sección de moda, otro trabajo que no le duró demasiado. Había decidido que lo suyo definitivamente era actuar.

Así que, apenas cumplidos los dieciocho, empezó a espigar papeles de donde podía. Cinco años después, con algunas películas y series australianas bajo el brazo, como ‘La primera experiencia’ (que coprotagonizaba su amiga, la Kidman), Watts se mudó a Los Ángeles. Si el apetito cinéfilo lo pide, pueden imaginarla aterrizando en Estados Unidos como la inocente Betty Elms en ‘Mulholland Drive’ de David Lynch.

Allí, picó piedra. Su primer papel en una película estadounidense fue como la mecánica buenrollera ‘Jet Girl’ en la adaptación al cine de ‘Tank Girl’ (1995), de Jamie Hewlett (¿han leído o vuelto a leer el cómic? Háganse el favor). Era un personaje pequeño, uno que habría podido abrirle puertas si el film no hubiera tenido un batacazo tal en taquillas.

Pasaron diez años. Naomi Watts no dejó de trabajar en el cine y la televisión, encadenando protagonistas y primeras filas del reparto de proyectos que, digamos, eran desde mediocres hasta de la peor calaña. Fue la fantástica scream queen de ‘Los chicos del maíz IV: La reunión’ (1996), lideró la única temporada de un sucedáneo alelado de ‘Mentes criminales’ llamado ‘Sonámbulos’ (1997) e hizo de la novia muerta del protagonista de ‘El asesino del unicornio’ (1998), cuyo póster recicla la cara de Watts de una película anterior. Todo mal, pero no lo suficiente para desistir.

Hasta que, en 2001, Lynch la eligió para el doble papel protagonista de ‘Mulholland Drive’. «Llevaba unos buenos 10 años pasando desapercibida», explicaba por el 25º aniversario de la película. «Me estaba perdiendo a mí misma. Me estaban destrozando el alma. Nunca fui capaz de entrar en una sala y hacerme con ella simplemente siendo yo».

El cineasta tras ‘Terciopelo azul’ la había pescado junto a Eli Roth para el videoclip de ‘Thank You, Judge’, de BlueBob, estrenado dos años antes. Después, el director y la convertida en estrella volvieron a reunirse para ‘Inland Empire’ (2006), que además reciclaba parte de las rutinas inquietantes de la familia conejo en el cortometraje ‘Conejos¸ (2002).

Cuando el cineasta le propuso el papel, en una oferta de tú a tú, «por fin me senté delante de un hombre curioso, que irradiaba luz, que pronunciaba palabras de otra época, que me hacía reír y sentirme cómoda». Piensen: ¿qué debió sentir Naomi Watts al dominar la habitación en la escena de cásting más sorprendentemente voluptuosa de la historia del cine?

No desvelemos la equis: el personaje bisagra Betty-Diane le valió algunos premios y le abrió las puertas a la línea de fuego de Hollywood; su siguiente película sería ‘The Ring’ de Gore Verbinski. Para cuando volvió al lado de Lynch, en ‘Twin Peaks: The Return’ (2017), la actriz ya se había hecho con dos nominaciones al Óscar –por ‘21 gramos’, de Alejandro G. Iñárritu en 2003, y por ‘Lo imposible’, de J.A. Bayona en 2012– y con un Globo de Oro, por esta última.