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Los mató el Estado

MIS MUERTOS TRISTES
Dir.: Pablo Larraín. Guion: Pablo Larraín, Guillermo Calderón. Int.: Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Carolina Álvarez.    

Fotograma de ‘Mis muertos tristes’. (DONOSTIAKO ZINEMALDIA)

Los lamentos mortuorios invaden la nueva película de Pablo Larraín, cosida de retazos del cuento homónimo de Mariana Enríquez: un ‘Entre fantasmas’ que replica la parábola del pozo envenenado sobre el decadente barrio de Piedrabuena, una comunidad en perpetuo proceso de muerte. Un detonante fantástico viraliza la clarividencia de la andrajosa Mercedes Morán (ya de vuelta con todo) y, con ello, los espíritus de uno empiezan a ser cosa, primero de la familia –con Dolores Fonzi como hija desquiciada– y, luego, de todos.

Las lecturas políticas miniserie del cineasta chileno –tres horas exigentes, aunque sin duda particulares– son múltiples. Por un lado, ‘Mis muertos tristes’ sostiene el eterno retorno del espectro por recordatorio permanente de la violencia sistémica: yonquis, adolescentes, viejas, gente que muere una y otra vez porque no se la cuidó en vida. Muy en la línea del cine de Eduardo Casanova (‘Pieles’), los objetivos deformantes habituales de Larraín fijan la mirada, obsesivos, en unos espectros totalmente vacíos de utilidad moral y sin paraíso alguno por delante. Vecinos, otros, en la comunidad disfuncional y sangrante que es un barrio.

Luego, a través del personaje de Julie (Carolina Sánchez Álvarez, activista cordobesa), demasiado gorda y sensible, la serie interpreta lo fantasmal como signo de una diversidad monstruosa. Y aunque el autor de ‘El conde’ ya empleó el gótico por comentario social, en esta farsa sin gracia subirá las apuestas para convertir la podredumbre tras el abandono del Estado (hay escenas de puro Kafka), en una legítima arma antisistema. Larga vida a los muertos, supongo.