«¿Cómo creas un futuro cuando tienes 40 años y tienes que compartir piso?»
Tras la locura de su serie ‘Yo adicto’ (Oriol Pla se llevó el Emmy al mejor actor), Javier Giner se estrena en la pantalla grande con ‘Esta soledad’ (New Directors), una inmersión en la precariedad que marca a su generación y un título que propicia tomarse un café para analizarla al salir del cine.
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‘Esta soledad’ me ha sorprendido como primera película. Por el tono, las referencias entrelazadas y el retrato que se hace de la pareja joven que vive tan precario...
¿Pero lo dices en plan bien o en plan mal?
¡En el bueno, no se asuste!
Oye, que podía ser, porque ‘Esta soledad’ no está concebida para intentar gustar a todo el mundo.
Tiene un trasfondo muy teatral. Arranca con un monólogo de Oriol Pla, está la trompeta de ‘Las noches de Cabiria’, de Fellini; está Lola Herrera en ‘Función de noche’ (1981)... hay mucho juego detrás.
Hay una cosa que es muy personal, un poco egoísta por mi parte, en el sentido de que, a través del cine y las películas, he descubierto, a su vez, muchas películas, muchos libros, muchos fotógrafos o fotógrafas que me gustan. Me hace mucha gracia y me emociona mucho esa especie de rastro de miguitas de pan que vas dejando a posibles espectadores.
De la misma manera que yo he descubierto películas que, de repente, me han cambiado la forma de ver el mundo, digo: «¡Qué guay, por ejemplo, si a alguien le encanta ‘Esta soledad’ y eso le lleva a descubrir ‘Función de noche’, de Josefina Molina!». Es una especie de juego metanarrativo, porque ‘Función de noche’ cumple una función narrativa dentro de la historia que se está contando.
Bueno, son dos rupturas sentimentales, pero en épocas y situaciones muy distintas, ¿no? ¿Un retrato del desamor en diferentes generaciones?
Josefina Molina es mucho más radical en su búsqueda de lo descarnado, de lo visceral, de lo profundamente honesto; ‘Esta soledad’ es más melancólica. Como bien dices, creo que son dos pelis que de alguna manera dialogan entre ellas, aunque entre ellas haya 30-40 años.
A mí me gusta pensar que ‘Esta soledad’ sería como la segunda parte de ‘Función de noche’. Aquella lidia con ese momento en el que dos personas hablan acerca de su relación y esa pareja se desmonta en directo. ‘Esta soledad’, digamos que empieza cuando ‘Función de noche’ termina. ¿Y qué pasa después de toda esta conversación?
Tiene un truco en el sentido de que parece una película acerca de una ruptura, cuando realmente es una película acerca de un periodo de soledad y de transformación y reconstrucción personal, en el que no te encuentras, te haces preguntas acerca de quién eres, qué es lo que quieres y, de repente, revisas de alguna manera quién eres y hacia dónde vas.
La pareja de la actualidad se ve más precaria e inmadura; es llamativo.
Yo quería hablar de muchos temas, pero sin hacer tesis: solo ponerlos en la pantalla y observarlos. Por ejemplo, es absolutamente central aquí el tema de la precariedad, de cómo es una vida absolutamente inestable; o sea, de cómo la precariedad material o la inestabilidad material o laboral, la inestabilidad de la vivienda... todas esas inestabilidades que nos atacan simultáneamente por diversos flancos y de cómo toda esa precariedad material se puede llegar a convertir en una precariedad emocional que tenga ese efecto de ¿cómo construyes los vínculos? ¿Cómo desarrollas un proyecto de vida junto a otra persona? o ¿Cómo amas cuando no tienes forma de llegar a fin de mes o tus aspiraciones no se están cumpliendo?
Son muchas las cosas que creo que la juventud está sufriendo hoy en día. Es muy obvio, pero ¿cómo creas un futuro o un proyecto de pareja cuando tienes 40-45 años y tienes que estar compartiendo piso, porque no te puedes permitir un alquiler?
«Yo no creo que vaya a hacer algo tan vasco en mi vida»
Él es actor, ella escritora, aunque viven de trabajar en un súper y en un bar. Son gente de la cultura. Y son precarios a más no poder.
A eso voy, porque yo quería retratar a personajes de la cultura realistas, verdaderos. Son personajes que yo conozco en mi día a día. Es decir, el 90% de las personas que trabajamos en cultura somos así.
Para que me entiendas, estamos muy acostumbrados a ver series o películas acerca de escritoras o escritores que han tenido éxito, que viven con unas condiciones que a todos nos encantaría tener, pero la mayor parte de las personas que trabajamos en cultura somos personas precarizadas y cada vez lo estamos más.
Si me permites, es un poco un acto político de representación, de decir: ‘Cuidado, que esas escritoras y esos escritores que estamos leyendo y estamos admirando, muchos de ellos tienen que estar trabajando en cuatro cosas distintas para poder seguir escribiendo’.
Hay muchas decisiones políticas en esta película. Una de las que me ha gustado mucho es la visual; es una película muy oscura, como una Margen Izquierda de los años 80-90. Otra, el uso del euskera; es una película muy de aquí.
Me alegro mucho de que me digas eso, porque yo la defino como mi película vasca. Hay algo intangible en la película que está atravesado por mi infancia en Barakaldo. Incluso he buscado de forma inconsciente la imaginería, porque hay un plano del único alto horno que queda en pie. Había una decisión muy política subyaciendo a toda la película de intentar mostrar ese Bilbao que yo conozco y que no veo representado en la pantalla. Es recuperar ese Bilbao, porque creo que hay una belleza también en esos cielos encapotados, en esta especie como de tristeza melancólica, no sé cómo llamarlo, de la industrialización decadente.
Y el tema del euskara era una condición sine qua non, en el sentido de este compromiso del que te venía hablando con la verdad, con la crudeza, con intentar ser lo más honestos posibles sobre lo que estamos contando, pues evidentemente unas personas o unos personajes de esa edad en el ámbito en el que se mueven en Bilbao hablarían euskera.
Yo no creo que vaya a hacer algo tan vasco en mi vida. Yo creo que ha habido una especie como de movimiento interno mío, que fue que después de la explosión de ‘Yo adicto’, que cambió mi vida de maneras alucinantes, es verdad que yo me sentí como por momentos superexpuesto: en las entrevistas que hacía, la mayoría era sobre esos periodos de mi vida. Yo creo que ha habido una especie como de balancín inconsciente de: ‘Necesito volver a mis orígenes, necesito reagruparme, necesito volver a Bilbao, necesito rodar esta película con gente con la que quiero, una película mucho más humilde y más pequeñita, más íntima y, desde ahí, desde esa especie como de lugar muy silencioso y muy pequeñito, hacer cine’.
El personaje que interpreta el músico navarro Kai Etxaniz también es otra decisión política. No haremos spoiler, pero es el personaje más emocionante y también el más maduro de la película.
Claro. Cuando estoy escribiendo y aparece el personaje de Gabriel, hablo mucho con Kai de la forma de representar a este personaje. Estamos muy acostumbrados a ver otros personajes de ese tipo representados de una forma muy concreta, muchas veces relacionados con el brilli brilli, no sé cómo decirte, lo extravagante...
Y yo justamente me quería ir al otro sitio, en el sentido de decir: hay muchas personas como Kai que viven vidas anónimas y que son personas, entre comillas, entiéndeme, normales. Todos los personajes en general de la película comparten esta motivación de ser luchadores, de intentar seguir adelante, pero también tener unas limitaciones materiales, emocionales y del puro contexto.