INFO

Koldo Almandoz, diletante disperso

El cineasta donostiarra Koldo Almandoz. (Maialen ANDRES | FOKU)

Koldo Almandoz (Donostia, 1973) hace cine de todo. Antes de ponerse tras la cámara, su mirada se forjó en las trincheras del periodismo y la contracultura. Fundó la revista satírica ‘Napartheid’ y dirigió la publicación cultural ‘The Balde’. Almandoz ha trabajado más en la piel del audiovisual que en su estómago: fue programador del festival Punto de Vista, realizó ficciones radiofónicas, da clases y edita libros en Farmazia Beltza. En la biografía que circula por internet, él prefiere que lo llamen, antes que artista, ‘diletante profesional’.

De hecho, vertebra toda su obra la vocación de olfateador curioso, aquella nariz de los perros que convierte los rastros invisibles en tirones apasionados. En su canal de Vimeo encontraremos microcortos tempranos, apuntes y rimas audiovisuales de apenas un minuto que repiensan la ciudad como serie de ocurrencias: ventanas de noche, bragas tendidas y pelotas de fútbol improvisadas en el parque. Almandoz pasó años recortando la vida, distrayéndose cuando la realidad lo llevaba a alguna otra parte, un instinto que el circuito de festivales abrazó pronto. Ni cuando abandonó su nutrida primera etapa en el cine-ensayo dejaría de dispersarse entre proyectos de lo más variopinto.

«Creo que es bueno que los cineastas jóvenes huyan un poco de la cinefilia, que no sea esa su única inspiración», explica aludiendo a Lucrecia Martel. «Estamos tan empeñados en que para ser cineasta tienes que ser cinéfilo que al final nos olvidamos de otro tipo de fuentes: la literatura, la tradición oral, la calle, las experiencias propias…». En su cortometraje ‘Hubert Le Blonen azken hegaldia’ (2014), por ejemplo, revive la historia real del piloto francés que en 1910 se estrelló fatalmente en La Concha a través de las fotografías, la animación de Isabel Herguera y una narración en off. La cámara aquí se reduce a una mera espectadora.

En 2016 ‘Sipo Phantasma’, su primera película, desandaba el mito de Drácula para remontarse en un collage con fragmentos de libros, cartas, informes, anuncios, telegramas, artículos de prensa, extractos de películas, títeres. Un ensayo concreto y abierto, muñeca rusa o juego de espejos que hincaba el diente a la ficción para encontrar las hieles de la soledad, la deshumanización y el control social.

Premio Irizar en Zinemaldia, dos años más tarde ‘Oreina’, en cambio, rechazaba toda anécdota para caminar por esta historia sobre dos hermanos (Ramon Agirre y Patxi Bisquert, mítico Tasio) que viven puerta a puerta en un caserío sin hablarse durante décadas. Aginaga y las marismas del Oria se convertían en una cámara de eco fantasmal para el minimalismo de la trama. Eso ocurría antes de la sobrecarga de películas realistas-rurales.

Los derroteros lo llevan después a ‘Hondar Ahoak’ (2020), basque noir rodado íntegramente en euskera y ambientado en Ondarroa, con un ritmo lejos del policíaco convencional, una detective queer y entrada en años, interpretada por Nagore Aranburu. (La nariz olisqueó en otra parte, y en 2024, Almandoz también dirigió un capítulo de ‘Intimidad’). La segunda temporada, ‘Zeru Ahoak’ (2025), es aún mejor –y más injustificable en términos de narrativa clásica– que la primera.

Este año, presenta en Zinemaldia ‘Azken agurra’, una ‘comedia entretenida’ sobre las decisiones cuestionables del dueño de una funeraria civil, enamorado de su joven secretaria en prácticas, padre torpe, empresario caótico y soñador empedernido. A la vez, presentará en Zabaltegi-Tabakalera el documental metacinematográfico ‘Itzalak argitzen’, codirigido con Gorka Bilbao. Estoy segure de que Almandoz filmará a continuación una película de tiros.