INFO

El miedo se apodera de las librerías independientes de Hong Kong

Las últimas detenciones de libreros independientes reflejan hasta qué punto ha cambiado el ecosistema editorial de Hong Kong desde la entrada en vigor de la Ley de Seguridad Nacional. La incertidumbre sobre qué publicaciones pueden considerarse ilegales ha extendido la autocensura.

Varias personas hojean libros en la librería independiente Greenfield Book Store, en Hong Kong, el 30 de agosto de 2026. (Leung Man Hei | AFP)

Durante décadas, las librerías de Hong Kong fueron mucho más que simples establecimientos comerciales. En una ciudad donde convivían tradiciones chinas, instituciones heredadas del periodo británico y una intensa vida intelectual, estos espacios se convirtieron en uno de los principales símbolos de la libertad editorial que distinguía al territorio del resto de China.

Entre sus estanterías podían encontrarse ensayos políticos, investigaciones históricas y biografías de dirigentes del Partido Comunista prohibidas en la China continental, hasta el punto de que muchos visitantes cruzaban la frontera expresamente para adquirir libros imposibles de lograr en sus ciudades.

Ese ecosistema comenzó a transformarse tras las protestas de 2019 y, sobre todo, con la entrada en vigor de la Ley de Seguridad Nacional en 2020. Desde entonces, el mundo editorial ha experimentado una presión creciente que va más allá del cierre de medios de comunicación o de la retirada de determinados títulos de bibliotecas públicas.

Librerías independientes, pequeñas editoriales y distribuidores han tenido que adaptarse a un entorno marcado por una mayor incertidumbre jurídica, inspecciones administrativas y una creciente dificultad para determinar qué publicaciones pueden acabar siendo consideradas una amenaza para la seguridad.

Las detenciones de cinco personas vinculadas a dos librerías independientes acusadas de vender obras con supuesta intención sediciosa, representan un nuevo episodio de esa transformación. La operación policial, acompañada de registros e incautaciones de libros, vuelve a situar el foco sobre un sector que durante años fue uno de los principales espacios de pluralidad intelectual de Hong Kong.

Más allá de las consecuencias judiciales para los arrestados, el caso refleja un cambio más profundo: la desaparición progresiva de la seguridad con la que autores, editores y libreros desarrollaban su trabajo hasta hace apenas unos años.

A diferencia de lo que pasa en otros sistemas de censura, donde existe un catálogo relativamente claro de publicaciones prohibidas, muchos libreros y editores de Hong Kong sostienen que el principal problema es la incertidumbre.

La legislación no establece una lista cerrada de obras vetadas y la interpretación de conceptos como la sedición o la incitación al odio queda, en gran medida, en manos de las autoridades. Esa falta de referencias claras ha llevado a numerosos profesionales del sector a revisar sus catálogos o renunciar a publicar determinados títulos por temor a posibles consecuencias.

Autocensura e incertidumbre

La autocensura se ha convertido así en uno de los efectos menos visibles, pero más profundos, de la reconfiguración del ecosistema editorial. Algunos establecimientos han optado por retirar discretamente libros considerados sensibles, mientras que otros han reducido la oferta de ensayos políticos o de obras relacionadas con acontecimientos como las protestas de 2019 o Tiananmen.

En muchos casos no hay una orden explícita para hacerlo. La decisión responde, sobre todo, a la dificultad de anticipar qué contenido podría desencadenar una investigación o un procedimiento judicial. El resultado es un panorama muy distinto al que caracterizó a Hong Kong durante buena parte de las últimas décadas.

La ciudad, que durante años fue un refugio para autores, editores y lectores interesados en publicaciones vetadas en la China continental, ha visto cómo progresivamente se reduce ese margen de libertad intelectual. 

La transformación no se mide solo por las librerías que han cerrado o por los libros incautados, sino también por aquellos títulos que dejan de publicarse, los manuscritos que nunca llegan a imprimirse y las decisiones editoriales que pasan inadvertidas porque se toman antes de que intervengan las autoridades.

Las detenciones de libreros y la retirada de publicaciones en julio son la expresión más visible. Sin embargo, el cambio más profundo es probablemente el que apenas deja rastro: los libros que ya no llegan a las estanterías, los autores que prefieren no escribir sobre determinados asuntos y los editores que optan por no asumir riesgos.

En una ciudad que durante décadas convirtió la libertad editorial en uno de sus principales signos de identidad, la censura ya no se mide únicamente por las obras prohibidas, sino también por aquellas que nunca llegarán a escribirse, editarse o publicarse.