La prisión de Martutene, a un paso de darle forma al barrio de Txominenea
El programa ‘Hoy por Hoy’ de la Cadena Ser, presentado por Aimar Bretos, ha emitido este viernes desde el interior de la prisión de Martutene, en Donostia, cerrada en junio pasado. El futuro del terreno de este recinto ha estado en boca de todos, ya que hay dos frentes abiertos para ello.
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El programa ‘Hoy por Hoy’ de la Cadena Ser, presentado por Aimar Bretos, se ha trasladado este viernes al interior de la recién cerrada cárcel de Martutene, en Donostia, para abordar qué futuro le deparará a esta prisión. Desde el comedor del recinto, el más amplio de la cárcel, han intervenido el consejero de Vivienda de Lakua, Denis Itxaso, y el director de la fundación Gogora, Alberto Alonso, entre otros.
Corría el año 1944 cuando bajo el régimen franquista los presos políticos y republicanos pusieron la primera piedra de la que iba a ser la futura cárcel, después de que cerrara la de Ondarreta. Abrió sus puertas en 1948 y, a pesar de tener una capacidad de 150 presos, llegó a albergar más de 350.
Fue una época donde el dictador Francisco Franco perdió a sus principales aliados europeos: Hitler y Mussolini. Sin ir mas lejos, el mismo año que colocaron la primera piedra se liberó también el primer campo de concentración nazi.
En Euskal Herria, la prisión para mujeres de Saturraran también cerró ese año y, tres años antes, en la cárcel de Urduña varios presos murieron de hambre. «Franco necesitaba limpiar su imagen», ha explicado Alonso.
«¿Qué debe quedar por la memoria?»
Según la antigua directora y psicóloga del centro Marian Moreno, al igual que el modelo penitenciario se fue transformando con el paso del tiempo, los principales problemas de los presos también fueron cambiando. En la década de 1980, la enfermedad del sida era común entre los reclusos y, hoy en día, en cambio, lo son los problemas de salud mental.
Por su lado, Alonso ha recordado que las torturas en Martutene llegaron a ser el plato de cada día. Ha puesto sobre la mesa el caso del anarquista y antifascista Bixente Lertxundi, a quien los funcionarios penitenciarios le propinaron una paliza y después lo dejaron extramuros. Al grito de «me han matado, me han matado», los baserritarras del barrio de Txominenea lo encontraron casi sin vida.
No obstante, la verdadera razón por la que se hizo conocida la cárcel de Martutene fue por la fuga de Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea, en el año 1985. Tras un concierto de Imanol Larzabal, se escondieron en los bafles y consiguieron así burlar la vigilancia. Hay quienes aseguran que aún se conservan los restos del escenario de aquel día en en la planta más baja de la prisión.
Pero, y entonces, «¿qué debe quedar por la memoria?», les ha preguntado Bretos a los invitados. Parece ser que Lakua y el Estado español tienen una respuesta clara: alrededor de 400 viviendas de protección oficial para hacer frente al problema de la vivienda.
Así lo anunciaron el año pasado, poniendo fin al proyecto de reurbanización de Txominenea. El consejero de Vivienda, Denis Itxaso, ha defendido desde la antigua cárcel que la demolición de esta es un proceso que se debe hacer «rápido».
Con un coste de tres millones de euros, derribarán la prisión octogenaria y después elevarán la cota por la posibilidad de inundaciones. Comenzarán con las obras de derribo el año que viene.
Se prevé que sea un «barrio mixto»; en un principio el planteamiento aprobado por el Ayuntamiento dibujaba viviendas tasadas, viviendas de protección oficial, apartamentos para jóvenes y mayores y vivienda libre.
«Nosotros lo que pedimos es que esa parte de la vivienda libre, al ser todo suelo público, se convierta en vivienda asequible, es decir, que no sea una vivienda que sobre suelo público se vende y luego tenga unas plusvalías enormes que encarezcan la vivienda», ha explicado Itxaso.
Son pocos los ejemplos de prisiones con estructuras radiales que hoy en día siguen de pie, como la cárcel Modelo de Barcelona, que se conserva como centro de memoria histórica. Aunque la de Martutene también sea una prisión en la que los funcionarios podían vigilar desde la torre central todas las celdas, parece ser que no se le augura un final igual.