«El contacto con la naturaleza es un derecho de todas cada vez más amenazado; hay que pelearlo»
Sandra Myrna Díaz, catedrática de Ecología, habló en Passion for Knowledge de la importancia de los árboles longevos, de cómo secuestran un montón de carbono y están adaptados a su medio local. Resaltó, asimismo, su valor relacional con la gente. «No son solo reliquias, están llenos de futuro».
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‘Los árboles longevos conectan genes, mentes y gentes’. Así se tituló la conferencia que dio Sandra Myrna Díaz en Passion for Knowledge, festival internacional de ciencia que tuvo lugar en Donostia entre el 28 de septiembre y el 3 de octubre. En una entrevista posterior con NAIZ, indica que estas plantas son herramientas poderosas para crear nuevas narrativas y movilizar a la gente a favor de un futuro mejor para las vidas humanas y no humanas. «Si a la gente le dices que hay que salir a defender los ecosistemas, no se moviliza, pero si le dices que es su árbol el que está en juego, entonces sí».
Díaz es catedrática de Ecología en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) y una de las principales expertas mundiales en biodiversidad. Compartió el Premio Nobel de la Paz de 2007 como miembro del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático y recibió el Premio Princesa de Asturias de 2019 por su labor en la lucha contra el cambio climático y la protección de la biodiversidad.
Comenta que hoy en día hay cierta conciencia de la biodiversidad y recuerda que «hace 20 años nadie sabía lo que quería decir la biodiversidad». «Ahora está de moda. El hecho de que esté en la conciencia no quiere decir que los que estén en el poder estén dispuestos a hacer algo, pero sí creo que al menos está en el imaginario colectivo».
Sabe que «nadie nos va a regalar un mundo mejor para nosotros y para la naturaleza. Todas las conquistas de bienestar y de derechos siempre fueron conseguidas con lucha, sacrificio y trabajo. Y este caso no es la excepción. Si queremos seguir teniendo esa relación con la naturaleza que nos hace tan humanos tenemos que ponernos a trabajar seriamente. El contacto con la naturaleza es un derecho de todas, no es una cosa de lujo para una élite, y ese derecho hay que pelearlo, porque está cada vez más amenazado», subraya.
Motores de diversidad y evolución
Se estima que las primeras plantas que salieron del agua y aparecieron en la tierra lo hicieron hace 430 millones de años. La fotosíntesis, el modo de alimentación más común en las plantas, ya existía hace muchos millones de años, pero al salir del medio acuático, las plantas se encontraron con dos desafíos: la gravedad y la desecación.

La primera planta que salió del medio acuático medía menos de 10 centímetros de altura. La evolución produjo árboles de 4 metros, de 30 metros... hasta llegar a los gigantes de la actualidad que pueden tener 100 metros. «Es un aumento inimaginable en la capacidad de canalizar materia y energía. En este proceso de desafío de la gravedad y la desecación toma protagonismo estelar una molécula, la lignina, que no solo da rigidez sino que también es impermeable».
«Muchos árboles tienen valores no tienen que ver con su belleza y utilidad sino con la relación con las personas. Entonces no se acepta reemplazar. La gente lucha por su árbol, por su relación»
En palabras de esta experta, un árbol añoso es un linaje, un conjunto de clanes locales de una especie, todos encaramados en el castillo de lignina produciendo semillas levemente diferentes que son enclavadas en el paisaje circundante. Además, los árboles longevos suelen estar llenos de vacío donde pueden habitar otras vidas. Son, por lo tanto, «verdaderos motores de diversidad y evolución».
Tienen influencia más allá de su muerte. Cuando mueren en pie sus raíces tardan décadas, a veces siglos en descomponerse y dejan canales por donde el agua y el oxígeno penetran al suelo y permiten la vida de muchos otros organismos. Arriba dejan grandes bultos de carbono que sirven de soporte para animales y plantas.
Valores relacionales
Díaz apunta que los valores instrumentales son evidentes y es fácil ponerles precio: madera para combustible y para todos los demás usos o carbono secuestrado fuera de la atmósfera. Pero existen otros valores, los relacionales, más difíciles de medir.
Un ejemplo es el Roble de Sarragoa, de Euskal Herria (Ondategi, Zigoitia). Los habitantes se vienen reuniendo durante siglos a su sombra cuando tienen que discutir cuestiones importantes. También el árbol Dragón, en Tenerife; el ciprés de Abarkuh, en Irán; o el Gingko Milenario del Viejo Templo de Guanyin, en China.
«La gente los valora como si fueran un miembro de su familia. Estos árboles y muchos otros tienen valores que los vinculan a un pueblo, a un grupo humano, a una persona, que no tienen que ver con la belleza y utilidad del árbol sino con la relación con la persona. Esos son los valores relacionales. Cuando hay valores relacionales la persona no acepta reemplazar ni negociar. La gente lucha por su bosque, por su árbol, por su relación».
Así le hizo ver el zorro al Principito en el libro de Antoine de Saint-Exupéry: «Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante». Para la ecóloga es brillante: «Es una rosa ordinaria, pero es mi rosa».
400.000 especies de plantas
La ciencia conoce alrededor de 400.000 especies de plantas, aunque, debido al «síndrome de la ceguera vegetal», solo sepamos ponerle nombre a una decena de ellas. «Son una de esas cosas tan fundamentales que las damos por sentadas... hasta que faltan, y ahí nos damos cuenta de todo lo que significaban».
«Todas nuestras historias podrían ser contadas por las plantas que las mediaron: el caucho, la soja, el cacao, las cañas de azúcar, el algodón...»
Mucha gente cree que las plantas son importantes porque producen oxígeno, pero la experta aclara que no es así, puesto que también respiran. Entonces, «las plantas que nos rodean hoy aportan innumerables beneficios –regulan el clima, purifican y redistribuyen el agua, limpian el aire, todo el alimento viene de ellas...– pero sin ellas no nos quedaremos sin oxígeno, porque ese oxígeno que fue producido hace muchos millones de años por un montón de organismos fotosintéticos unicelulares se mantendrá en la atmósfera durante millones de años».
En todas las historias
Las plantas representan un 20% de todas las especies conocidas, pero representan un 82% de la masa viva del planeta. «Son la mayor fuente de energía. El principal mecanismo biológico por el cual el dióxido de carbono es retirado por la atmósfera y retenido fuera de ella. Todo carbono que esté captado por las plantas activamente y, además, retenido en su cuerpo es carbono que no está en la atmósfera. Cuando las plantas mueren naturalmente o cuando las sacan ese carbono vuelve a la atmósfera. Por eso no son reservorios de la importancia de los combustibles fósiles. Y por eso decimos que es importante cuidar los bosques, plantar nuevas plantas, pero eso no reemplaza el hecho de que hay que dejar de consumir combustibles fósiles».
Aunque siempre ha habido extinciones de plantas, la velocidad de hoy es «muchísimo más alta, 500 veces mayor» que antes de la aparición de los seres humanos, advierte. Casi un 40% de todas las especies conocidas de plantas están amenazadas con la extinción. «Que esté amenazada no significa que se vaya a extinguir inexorablemente y, a su vez, hay distintos grados de amenaza. Algunos son vulnerables y otras –un poco más de 5.000– están críticamente amenazadas al tener una probabilidad del 50% de extinguirse en los próximos diez años», explica.
Tal y como señala, es fácil imaginarse la biosfera sin los seres humanos. Sin embargo, es muchísimo más difícil imaginarse a los seres humanos o a la biosfera sin las plantas. «Desde nuestros orígenes nuestras relaciones han estado mediadas por ellas. Todas las historias podrían ser contadas por las plantas que las mediaron: el caucho, la soja, el cacao, las cañas de azúcar, el algodón... Nuestro origen y nuestro destino están unidos al de las plantas y es muy importante entenderlas realmente como son: no son objetos inanimados sino seres activos, participantes, compañeras de ruta con las cuales existimos de manera entrelazada».