Satorrak, tres generaciones de espeleólogos con una pasión común

En 1972 cuatro adolescentes de Iruñea pusieron el germen de Satorrak, que con el tiempo se ha convertido en uno de los grupos espeleológicos más activos de Euskal Herria. En estos 45 años han pasado por él tres generaciones de espeleólogos con una pasión común: explorar y conocer el interior de la tierra. Han sido autodidactas, pioneros en muchos aspectos, y aunque son aficionados, realizan un trabajo muy profesional. Han descubierto la famosa cueva de los osos de Amutxate, han sacado a la luz las primeras pinturas rupestres del Paleolítico en Nafarroa, han ayudado a recuperar restos de asesinados que fueron arrojados a las simas y han topografiado cientos de kilómetros de galerías.

Iñaki Vigor|09/10/2017 10:50
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Integrantes del grupo de espeleología Satorrak. (FOTOGRAFÍAS: Cedidas por SATORRAK)

«El grupo nació sin apenas darnos cuenta de ello. En 1972 coincidimos en un centro juvenil de Iruñea varios adolescentes sin muchas opciones para el tiempo libre. Éramos cuatro desconocidos que empezamos a ir juntos a pequeñas simas, al cabo de un tiempo decidimos que éramos un grupo y le pusimos nombre en nuestro primer local: la fontanería de Ziarra. Estaba en la calle Río Salado, en el barrio del Mochuelo (Arrosadia)». Así lo recuerda Iñaki Ortillés, uno de los fundadores del grupo. Con él estaba Fernando Ciarra, además de los hermanos Solano y Serrano, pero estos últimos solo participaron en unas pocas salidas y con el paso de los meses fueron reemplazados por Tomás Villanueva, Javier Urzainki, Jokin Portillo, Javier Labalde, Iñaki Arriazu y Peio Iraizoz.

En la actualidad ninguno de ellos realiza salidas con Satorrak, ya que rondan los 60 años de edad, pero sí continúan algunas personas que se fueron uniendo más tarde, como Koldo Los Arcos y José Ignacio Calvo. Otros, como Jesús Moreno, Javier Navascués, José Juangarcía y Javier Zabala también han dejado la práctica, pero muchos siguen en contacto con el grupo y algunos siguen siendo socios del mismo.

 «Por Satorrak ha pasado mucha gente, entre espeleólogos, amigos, conocidos y curiosos. Hemos tenido hasta un normando y una polaca. A pesar de ser un grupo reducido, hasta ahora siempre ha habido reemplazo, afortunadamente. En la actualidad hay gente nueva y jóvenes promesas, aunque no tantas como nos gustaría, y echamos en falta la incorporación de más mujeres espeleólogas», comenta Iñaki Ortillés.

Cuando este veterano de 60 años comenzó a adentrarse en las primeras cavidades, el material que existía entonces era muy rudimentario. «Había escalas y cuerda de seguro de nylon. Subías y bajabas por la escala y te aseguraban con una cuerda. Los más de 90 metros de la Sima del Roble –recuerda- eran agotadores. En 1974 llegó el descendedor Dressler, que fue todo un avance, porque permitía bajar por la cuerda y subir por la escala. Después llegó el Jumar, y aunque subir seguía siendo un ejercicio duro, ya no era un calvario».

En estos 45 años ha evolucionado muchísimo el material de escalada, al igual que el destinado a la iluminación. Del carburo y los sopletes en la cabeza se ha pasado a los modernos sistemas de LED, que han supuesto una revolución impresionante. Y lo mismo ha ocurrido con la ropa, la fotografía y el material de topografía. «Gracias a los avances técnicos y de material, hoy en día resulta mucho más cómodo y seguro progresar por las cuevas y simas», resume Iñaki Ortillés.

Recuerda perfectamente que su primera incursión a una cueva fue en Lantz. «Fuimos tres o cuatro criajos. Compramos una cuerda de cáñamo y llevamos linternas de colores. Afortunadamente –añade-, nuestros padres no se enteraron».

Poco a poco se fue tomando la actividad más en serio. Junto con otros miembros del grupo, consiguieron linternas «buenas», escalas y buzos de mecánico, y se atrevieron con una vertical de 20 metros en Artaakar, en la sierra de Aralar. «Recuerdo lo abajo que se veían los demás cuando desde arriba comenzabas el descenso del pozo. De repente, 20 metros tomaban significado y asustaban», rememora Ortillés.

Durante décadas, Satorrak ha estado realizando actividades espeleológicas todos los fines de semana del año. Uno de los miembros más activos es Arturo Hermoso de Mendoza, que tiene 45 años y pertenece a la «generación intermedia» del grupo. A lo largo de su historia han explorado cientos y cientos de cavidades, pero no conocen el número exacto porque se han perdido informes antiguos y porque no siempre se registraban de forma adecuada. Sin embargo, los miembros del grupo pronto se propusieron seguir un protocolo para documentar bien sus trabajos, y en las últimas décadas han digitalizado informes y elaborado una base de datos de la que se sienten muy orgullosos, no solo por la cantidad de información recogida sino también por el gran esfuerzo que le han dedicado. En su particular Catálogo Espeleológico de Navarra figuran en torno a un millar de cavidades exploradas por el grupo.

Muchas de ellas han quedado unidas emocionalmente a los miembros de Satorrak, tanto por las incontables horas que han pasado en su interior, realizando trabajos, como por las experiencias vividas, algunas de ellas imborrables. Es el caso de la cueva de Basajaun, en Lantz, que era un auténtico tesoro por sus curiosas formaciones. «Pero tuvo que ser cerrada por la Diputación al ser arrasada por bárbaros que vendían sus minerales en alguna tienda de Iruñea e incluso de Valencia y Francia. Era una cueva única en Navarra –constata Hermoso de Mendoza-. Espero que, si se encuentra otra igual, se proteja debidamente».

Otra sima emblemática es la BU-56, en Larra, porque tras su descubrimiento en 1979 se convirtió en una de más profundas del mundo y porque los miembros de Satorrak siguen adentrándose en su interior después de tres décadas y media. De hecho, los últimos cinco veranos han vuelto a descender a ella para realizar su revisión topográfica y espeleológica, en colaboración con la Unión de Espeleólogos Vascos y la Federación Navarra de Espeleología. También tratan de buscar posibles nuevas galerías y despejar las incógnitas que guarda celosamente esta mítica cavidad a nivel mundial.

Una de las simas que más les impactó, por lo que encontraron en ella, fue la de Otxaportillo, en Urbasa. «En el año 1979, siendo jóvenes voluntariosos pero con pocos conocimientos, tuvimos nuestro primer contacto con el terror de la Guerra Civil», recuerda Iñaki Ortillés con detalle, ya que encontró los cráneos de las personas que recibieron un tiro en la nuca antes de ser arrojadas a su interior.

Otxaportillo no ha sido el único caso. También han encontrado restos de personas asesinadas en otros lugares, como Ardaitz y Zilbeti. «Siempre hemos denunciado estos hallazgos, y en algunos casos ya se han recuperado los restos, pero hay otros casos en los que nos resulta difícil saber si se trata de restos arqueológicos o de represaliados tras el golpe de Estado del 36, y estamos a la espera de que sean examinados por especialistas. Creemos que se deberían establecer protocolos de comunicación más fluidos con los grupos de espeleología para facilitar esta labor», señala Arturo Hermoso de Mendoza.

Él mismo fue uno de los espeleólogos que en 2014 descendió a Legarrea para realizar una primera inspección en la búsqueda de los restos de una madre y sus seis hijos asesinados en 1936 y presumiblemente arrojados a esta sima de Gaztelu. Previamente, miembros de la la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra-AFFNA36 se habían puesto en contacto con Satorrak para solicitar su colaboración en los proyectos de recuperación de la memoria histórica.

La gran sorpresa en Legarrea fue que primero encontraron los restos del joven Iñaki Indart, desaparecido en 2008. Las investigaciones policiales y el proceso judicial se desarrollaron durante todo el año 2015, y un año después los miembros de Satorrak pudieron por fin realizar una limpieza a fondo de Legarrea y extraer la gran cantidad de basura arrojada a su interior. La búsqueda de la familia Sagardia culminó con éxito cuando el equipo forense de la Sociedad de Ciencias Aranzadi localizó sus restos, que fueron enterrados dignamente en el cementerio de Gaztelu el pasado mes de setiembre.

«Hemos vivido todo este proceso con muchísima emoción -reconoce Hermoso de Mendoza-. Muchas simas de Navarra todavía guardan los restos de personas cruel e impunemente asesinadas entonces, y es un asunto pendiente potenciar su búsqueda y exhumación del fondo de las simas».

Amutxate y Alkerdi, dos hitos inolvidables
Los miembros de Satorrak han explorado cavidades donde las sensaciones han sido muy distintas. Es el caso de las simas de Ormazarreta y Larretxiki, en Aralar, y la curiosa conexión de ambas que descubrieron en 1981 trabajando con otros espeleólogos de Aranzadi. Pero, sin duda, una de las que guardan un recuerdo más intenso es la sima de Amutxate, también en Aralar. La descubrieron en 1995 gracias a su perseverancia, y durante los ochos años siguientes participaron en su investigación. Se trata de uno de los mejores yacimientos de oso de las cavernas de Europa y uno de los escasos Lugares de Interés Geológico internacionalmente reconocidos en Nafarroa. No obstante, sus descubridores todavía siguen trabajando para que sea protegido de forma adecuada y puesto en valor.

También confían en que algún día se pongan en valor las primeras pinturas rupestres del Paleolítico en Nafarroa, situadas en término de Urdazubi. Fueron ellos mismos quienes, en colaboración con vecinos de la zona y la plataforma SOS Alkerdi,  descubrieron la entrada a la cueva de Alkerdi 2 y posibilitaron la investigación de los expertos de Aranzadi. En este macizo kárstico han sacado a la luz un nuevo sistema de cuevas de gran valor geológico y arqueológico. Estaban amenazadas por la actividad de una cantera, al igual que las pinturas y grabados que han permanecido  ocultos durante milenios, y ha sido precisamente este hallazgo el que ha motivado su protección y declaración como Bien de Interés Cultural.

En este repaso a las cavidades más emblemáticas exploradas por Satorrak no puede faltar la cueva de Basanberro, en Garralda, donde han invertido dos centenares de jornadas de trabajo a lo largo de 20 años después de que, en 1997, su gran amigo Gilles Parent y sus colegas de Leize Mendi, de Ipar Euskal Herria, les cedieran amablemente su exploración. «Es una de las cuevas horizontales más extensas e interesantes de Navarra, ya que se desarrolla en dolomías. Se trata de una rareza dentro de nuestro territorio», explica Hermoso de Mendoza.

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