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Enfermedades del siglo XX

A punto de iniciarse el siglo XX, en 1899, vio la luz un interesante estudio realizado por los médicos Martin Aranburu (titular de Deba) y Manuel Bago (titular de Itziar) sobre la situación sanitaria en Euskal Herria. En su bilingüe ‘Manual de higiene y medicina popular’ ambos doctores exponían crudamente la situación, pero también aportaban directrices y consejos sobre la manera de poner remedio a las enfermedades más habituales. Casi cincuenta años más tarde fue Resurrección María de Azkue quien en su ‘Euskalerriaren Yakintza’ (1947) aportaba gran cantidad de información sobre los usos higiénicos y sanitarios de los vascos, así como las creencias en boga sobre ritos y magia curativa.

Gotzon ARANBURU|2017/03/10 10:15
Enfermedades-libro
Lista de enfermedades en la publicación ‘Tesis doctoral de Enrique Aramburu’. Farmacia Museo Aramburu de Plentzia. (Gotzon ARANBURU)

Para empezar, Martin Aranburu y Manuel Bago constataban que la población rural del país era la más castigada por las fiebres tifoideas «consecuencia, sin duda, de las condiciones insalubres de sus viviendas, verdaderas arcas de Noé, que son un depósito de inmundicias y de toda clase de sustancias orgánicas en descomposición, y sirven de común albergue a personas y a buen número de animales». No quedaba aquí la cosa, pues añadían que «si nuestros pobres aldeanos no encontraran la natural compensación en ese ambiente puro y oxigenado que durante la mayor parte del día respiran en las rudas tareas del campo, la vida en esas ‘poéticas chavolas’ sería una muerte».

Las enfermedades más comunes en aquella época eran el sarampión, la varicela, la rubéola, la escarlatina y la viruela. Estas fiebres eruptivas «muy frecuentes en la primera y segunda infancia» hacían estragos y junto a la gripe y la tuberculosis –en todas las edades– eran persistentes «tanto en el interior del país como en los pueblos de la costa». Como curiosidad, Aranburu y Bago indican que «la viruela, procedente de la Arabia e importada al mundo civilizado por las huestes de Mahoma en la Edad Media, reina desde entonces con alternativas de lenidad o de rigor cuyas causas la ciencia desconoce por completo». Igualmente estaban muy extendidos el reumatismo y sus consecutivas cardiopatías, el carbunclo, las lombrices y las caries en la dentadura.

A la hora de las soluciones, los doctores insisten en el correcto saneamiento, «con sistemas de canalización y desagüe de inmundicias», en un buen abastecimiento de agua y en la atención «al comercio de sustancias alimenticias, en particular aquellas que vengan de fuera».

En el ámbito doméstico subrayaban la necesidad de limpiar y ventilar las habitaciones, y en el caso de que algún miembro de la familia cayera víctima de la tuberculosis señalaban los doctores que «no debe hacerse nunca el barrido de las habitaciones ocupadas por estos enfermos sin frotarlas antes con paños humedecidos en agua hirviendo. Parece estar demostrado que el bacilo de Koch, productor de tan terrible dolencia, es inofensivo en estado de humedad».

Hoy en día se pide la instalación de aparatos desfibriladores en instalaciones y lugares con alta concentración de personas. En tiempos de nuestros bisabuelos las peticiones eran otras: «Obligar a poner escupideras en las oficinas, talleres, iglesias, escuelas, vagones del ferrocarril y en cuantos sitios hay aglomeración de gente que respira la misma atmósfera (…) y corregir un vicio que cuando menos denota una falta de educación».

Desde luego, Aranburu y Bago no se reprimían a la hora de describir los síntomas de determinadas enfermedades, caso de las fiebres tifoideas. «El tifoideo –señalan– sumido en el más profundo sopor, con elevadísima fiebre, lengua negra, labios temblorosos, pulvurulentos y viólaceos, con privación de movimientos y fuerza muscular, parece que ha quedado reducido a la categoría de ‘cosa’, o por el contrario, es presa de un delirio locuaz, furioso y violento».

Curanderos y similares

Como profesionales que eran, los dos autores del estudio alertaban del papel de curanderos y similares, «que cuentan aquí con representantes de todas clases, que se despachan a gusto confeccionando pócimas y tópicos procedentes, sin duda, de alguna ‘farmacopea china’, que hacen perder un tiempo precioso a estos pobres y cándidos enfermos, cuando no producen lamentables consecuencias que luego el médico es llamado a corregirlas».

Sin embargo, parece claro que al menos determinados curanderos o «emplasteros» sí proporcionaban remedios efectivos a la hora de curar heridas, quemaduras o fracturas de hueso. Entre los más conocidos, los Arnoate, de Mutriku, que en sucesivas generaciones curaron de sus dolencias a centenares de guipuzcoanos y vizcainos.

Condiciones higiénicas en los caseríos

Los doctores Aranburu y Bago, como hemos dicho, trabajaban en Deba e Itziar, y por tanto conocían bien el medio rural. Y, por conocerlo, denunciaban sin descanso las deplorables condiciones de vida que padecían muchos baserritarras, frente al tópico de la Arcadia feliz vasca. Su objetivo era llamar la atención sobre las condiciones higiénicas de los caseríos, pero con delicadeza, para no herir susceptibilidades; no al menos las femeninas. Así, empezaban diciendo que «la mujer vascongada, cuyas condiciones de pulcritud y aseo personal las reconocen propios y extraños, no desconoce tampoco las ideas de orden, limpieza y comodidad que deben regir en el interior del hogar; lo que hay es que se encuentra materialmente imposibilitada de poderlas practicar en su mísera vivienda».

La convivencia muy cercana entre personas y animales, lo reducido y húmedo de los aposentos, y la oscuridad y falta de ventilación de los mismos era lo que hacían estériles los esfuerzos de los médicos por combatir las enfermedades infecciosas. «Mientras no rijan para esta clase de construcciones rurales las mismas o parecidas ordenanzas de construcción que en las poblaciones (…) no conseguiremos jamás que desaparezcan estas fiebres infecciosas, que con el reumatismo, la escrótula y la tuberculosis constituyen el verdadero cuadro de enfermedades indígenas o endémicas de este país».



Tampoco les debía de resultar fácil a los médicos convencer a los enfermos de que se sometieran a determinadas prácticas curativas, por extraño que parezca a nuestros ojos de hoy. Según su experencia, un buen método para combatir la enfermedad tifoidea era el «baño general templado», por rebajar la fiebre, tonificar el organismo y calmar la excitación nerviosa. El baño frío «que tanto se usa en Alemania» ni se lo planteaban, entre otros motivos porque «necesitaríamos de toda nuestra autoridad y dominio sobre el enfermo y sus familias para vencer la natural repugnancia que sienten hacia el empleo de un medio tan enérgico y desagradable».

Té, ron y vino de Jerez

Tras el baño templado, Aranburu y Bago recomendaban envolver al enfermo en una sábana, sin secarlo, y hacerle tomar alguna infusión estimulante, como té con ron, o una cucharada de vino de Jerez.

No debe creerse que las enfermedades como el tifus eran exclusivas del medio rural vasco. Muy al contrario, donde hacían verdaderos estragos era en las comarcas donde a la escasa salubridad se unía la hacinación de los pobladores; el caso paradigmático era la zona minera de Bizkaia. Desde Trapagaran hasta Muskiz, los caseríos del valle de Somorrostro, las praderas, los bosques, todo se lo tragó la tierra cuando en el siglo XIX comenzó la extracción masiva de mineral con destino a la naciente industria siderúrgica. En su lugar surgieron socavones y escombreras a cielo abierto. Y también surgieron las barriadas mineras, como La Arboleda. El escritor Ramiro Pinilla muestra con impactante realismo en su obra las imágenes de aquella nueva y durísima Bizkaia.

La rapidez y desorganización con la que fueron naciendo las barriadas mineras hizo que las edificaciones fueran de escasa calidad. Se trataba de casas de madera, como las que hoy se conservan en La Arboleda como recuerdo, o barracones construidos por las propias compañías mineras, en los que se hacinaba gran número de obreros. A las jornadas de trabajo extenuantes se unía la insalubridad de las casas, la escasa higiene y la pobre alimentación; una conjunción idónea para que el tifus y la viruela se cebaran con los mineros y sus familias.

No hay que olvidar que los mineros estaban obligados a comprar en las tiendas o cantinas propiedad de las compañías mineras, si querían conservar su trabajo, circunstancia de la que se aprovechaban los patronos para venderles productos en mal estado y además a precios abusivos. 

Incluso en zonas con mejor calidad de vida, como la capital vizcaina, enfermedades como el sarampión y la gripe resultaban en muchos casos mortales. Y hablamos ya del siglo XX. Entre 1897 y 1926 fallecieron en Bilbao 1.454 personas por causa de la viruela y 2.683 afectadas por el sarampión, hoy una enfermedad benigna. En cualquier caso, fue la gripe, por increible que parezca en la actualidad, la enfermedad que aterrorizó a Bilbo el año 1918, esto es, hace menos de un siglo.

La gripe atacó Bilbo

La revista digital ‘Euskonews’ ofrece las estadísticas de aquella epidemia, que desde Irun llegó a Bilbo y alcanzó su máxima intensidad el mes de octubre de aquel año. La llamada «gripe española» causó la muerte de 480 personas en octubre y 146 en noviembre. Brotó de nuevo en los primeros meses de 1919, cobrándose la vida –entre gripe, neumonía y bronconeumonía– de 329 bilbainos. Y de nuevo atacó entre enero y marzo de 1920, en esta ocasión con un balance de 247 fallecidos.

A grandes rasgos, y volviendo al medio rural vasco, las enfermedades más presentes eran las del aparato respiratorio y las del circulatorio, siendo mucho menor el impacto de las relacionadas con el aparato digestivo. ¿A qué se debería esto? Según el estudio de los doctores Aranburu y Bago tenía mucho que ver con la sobriedad en el régimen alimenticio cotidiano, compuesto de «sustancias de fácil digestibilidad, como la leche, los huevos y las legumbres» y el bajo consumo de bebidas alcohólicas, a excepción de «algunas libaciones que se permiten en ciertas circunstancias extraordinarias, como sucede en las romerías, honras más o menos fúnebres y fiestas de gran solemnidad».

Sin embargo, en determinadas capas sociales sí que era un gran problema el alcoholismo, como denuncian con rotundo vocabularios los doctores guipuzcoanos, que lo califican de «verdadera plaga social que va extendiéndose como mancha de aceite sobre nuestra florida juventud, que no piensa en las terribles consecuencias que ocasiona un vicio tan repugnante, que convierte al hombre en el ser más despreciable de la sociedad».

ERLAZIONATUTAKO ALBISTEAK