2017/04/16

Erreportajea
BAJO LA SOMBRA DEL GENOCIDIO
Armenia, tesoro del Cáucaso

Armenia es un país pequeño y montañoso, situado al sur de las montañas del Cáucaso, cerca del mar Negro, con una historia convulsa. Las repetidas invasiones por parte de unos vecinos con tendencia a la expansión (Rusia, Persia y Turquía) lo convirtieron a menudo en campo de batalla, mientras que el genocidio de 1915, en el que murieron millón y medio de armenios en tierras de la actual Turquía, marca su historia reciente.

Xavier Moret
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Es cierto que Armenia es un país pequeño, pero cuando viajes por él te darás cuenta de que es un país muy profundo», me comenta mi amigo David Muradyan apenas pongo los pies en la capital, Ereván, una ciudad marcada por tres lugares básicos: la plaza de la República, la Ópera y el gigantesco monumento Cascade. David tiene razón, hasta el punto en que hay momentos en que se diría que la profundidad de Armenia es infinita. Hubo un tiempo, hace siglos, en que el territorio de Armenia se extendía desde el mar Caspio al Mar Negro, y desde el Cáucaso a Jerusalén. Todavía hoy, en Jerusalén, sorprende ver que, junto a los barrios musulmán, judío y cristiano, hay un barrio armenio que habla de la importancia de este pueblo que fue el primero, en el año 301, en adoptar la religión cristiana.

Desde la última proclamación de la independencia, a raíz del desmoronamiento de la Unión Soviética, en 1991, Armenia sobrevive en unos límites que quisiera más amplios. Cuenta con tres millones de habitantes, pero los doce millones de la diáspora contribuyen, mediante el envío de dinero, a la continuidad de este país con escasos recursos económicos que ve con impotencia como van emigrando sus habitantes.

El símbolo del Ararat. «Aquí tienes el Ararat», me apunta David mientras abre de par en par la ventana de su comedor en Ereván. «No podría tener mejores vistas». Ciertamente, la visión del majestuoso volcán Ararat, imponiendo su cumbre de 5.165 metros de altura sobre los tejados de las casas de Ereván, es impresionante. Y más si tenemos en cuenta que la montaña es todo un símbolo para los armenios.

El Ararat está presente en la historia y en el escudo de Armenia, pero actualmente pertenece a Turquía. Desde el precioso monasterio de Khor Virap, a un paso de las alambradas de una frontera cerrada, se observa aún mejor la cumbre nevada del Ararat, la montaña en la que, según la Biblia, encalló el Arca de Noé al final del diluvio universal. En Echmiadzin, el Vaticano armenio (la Iglesia armenia es independiente), se conserva un pedazo de madera que, según dicen, proviene del Arca de Noé. Cuenta la leyenda que un monje llamado Jacobo, empeñado en encontrar el arca perdida, subió varias veces a la montaña. Un día logró dar con ella, pero cayó dormido y, al despertarse, se hallaba en la base del Ararat. Un ángel le entregó entonces un pedazo de madera y le dijo que era del arca, pero que no la buscase más, ya que Dios no quería que los humanos la encontraran.

Se han hecho fotos aéreas de restos que podrían ser del arca, y se han organizado muchas expediciones, entre ellas las lideradas por el astronauta norteamericano James Irwin, uno de los que pisaron la Luna en 1971. Lo intentó dos veces, pero no logró su objetivo.

El Ararat, al que solo se puede ascender desde Turquía, sigue guardando su secreto. Los armenios, sin embargo, lo consideran tan suyo que lo pusieron en su escudo. Cuando el representante turco protestó en Naciones Unidas, alegando que los armenios tenían en su escudo una montaña que no estaba en su territorio, el representante armenio respondió con ingenio: «También los turcos tienen la media luna en su bandera, y que yo sepa no está dentro de sus fronteras».

El Museo del Genocidio. Más allá de los símbolos, las heridas causadas por el genocidio de 1915 no se curan. En 2015, cuando se cumplieron cien años, parecía una ocasión excelente para hacer las paces, pero el Gobierno turco se niega a aceptar que lo ocurrido en 1915, cuando deportaron y mataron a cientos de miles de armenios, fuera un genocidio.

En Ereván, sin embargo, los documentos y las imágenes que se muestran en el Museo del Genocidio son lacerantes. Es el horror de la historia, el horror de un genocidio que todavía hoy muchos países, entre ellos el Estado español e Israel, se niegan a reconocer.

Más allá de esta persecución que forzó a muchos al exilio, a los armenios de hoy también les gusta pregonar la belleza de sus antiguos manuscritos, escritos en el original alfabeto armenio y expuestos en el museo del Matenadaran, y la majestad de sus monasterios como prueba de vitalidad cultural. Son iglesias muy bellas, con una arquitectura propia y con lugares emblemáticos como Geghard, Noravank o Tatev. En todos ellos los khachkars (grandes cruces de piedra) expresan la vigencia de una religión que estuvo prohibida en los años soviéticos.

Un viaje por Armenia resulta interesante gracias a los muchos monasterios que van surgiendo en el camino, restaurados a menudo con dinero de la diáspora. En el norte, los de Sanahin y Haghpat, junto a la ciudad industrial de Alaberdi, vuelven a mostrar un esplendor antiguo. En Haghpat, por cierto, fue asesinado por los persas, en 1795, el músico Sayat-Nová, uno de los máximos representantes de una música que subyuga por la belleza del sonido de la flauta armenia, el duduk, hecha con madera de albaricoque.

Hay un momento en que Armenia parece una sucesión inacabable de montañas, pero siempre hay un pueblo o un monasterio donde detenerse. En Goris, por ejemplo, en cuya cercanía se encuentra Karahunhj, una misteriosa disposición de rocas en círculo, de unos 8.000 años de antigüedad, que se conoce como «el Stonehenge armenio».

El territorio de Nagorno Karabaj. No muy lejos, más allá del bello monasterio de Tatev, la carretera entra en Nagorno Karabaj, un territorio que sigue siendo motivo de enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán. Armenia lo ocupó en 1991, después de que el Parlamento de Nagorno Karabaj proclamara una república independiente al margen de Azerbaiyán, país al que hasta entonces pertenecía. Se desencadenó entonces una guerra abierta que terminó en 1994 con un alto el fuego que aún hoy perdura, aunque no sería de extrañar que resurgieran algún día las hostilidades.

En esta república no reconocida por nadie, en este no país de amplia mayoría armenia, merece la pena visitar ciudades como Shushi, con su catedral reconstruida, y Stepanakert, la capital que intenta borrar el horror reciente de la guerra.

Fue Levon Hairapetyan, un armenio nacido en Nagorno Karabaj y enriquecido en Rusia, quien tuvo la idea de estimular a sus compatriotas más jóvenes con alicientes de carácter monetario. A cada pareja que se casaba le regalaba una vaca y una tarjeta de crédito con nada menos que 1.000 dólares. Por el primer hijo recibían 2.000 dólares, 3.000 por el segundo y 4.000 por el tercero, siempre que se quedaran a vivir en Nagorno Karabaj. Con este sistema consiguió que en octubre de 2008 se casaran setecientas parejas de golpe en Shushi.

No muy lejos de Stepanakert, sin embargo, se mantiene la antigua línea del frente, con pueblos azeríes destrozados, una tensión evidente y armenios que intentan rehacer su vida. Cuando hablas con ellos te dicen que no saben cuánto tiempo durará la paz, y quizás por eso son muchos los que suspiran por emigrar a Ereván, la capital de todos los armenios.