2017/04/16

DAVID BROOKS
Enemigos (para nuestra compañera)
Los que se atreven a enfrentarse a la mentira, la corrupción, la impunidad, los abusos y la violencia del poder siempre son enemigos de los que dependen de la oscuridad para su poder y sus intereses.

El saldo mundial de los asesinados por dedicarse a revelar verdades a la sociedad asciende a más de 1.234 desde 1992, según las cifras más recientes del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ); una lista en la que México ocupa el lugar once entre los países más mortíferos para los periodistas. Según otro estudio, el de la Federación Internacional de Periodistas (FIP), 2.000 periodistas han perdido la vida por su trabajo entre 1990 y 2016; México es el tercer país más peligroso para los informadores al contabilizarse más de 120 asesinatos. «Una de las conclusiones recurrentes de nuestros informes es que se registran muchos más asesinatos en situaciones de paz que en países golpeados por la guerra», algo que tiene que ver en gran medida con que los periodistas son «víctimas de los barones del crimen organizado y de funcionarios corruptos», afirmó Anthony Bellanger, secretario general de la FIP.

Hoy en día, informa el CPJ, hay 259 periodistas encarcelados en el mundo, una cifra sin precedentes desde 1990, cuando la organización empezó a registrar ese dato.

No somos cifras. Tenemos nombre y apellido, por ejemplo: Miroslava Breach, periodista mexicana corresponsal del diario “La Jornada” en Chihuahua, asesinada el pasado 23 de marzo. A veces negarse a ser anónimos es justo lo que nos puede costar mucho, hasta la vida. Más que todo, los que tienen un compromiso con el periodismo de conciencia ante el poder –esa búsqueda constante de artículos que sirven a la autodeterminación de los ciudadanos, eso de contar qué nos pasa, de intentar revelar toda mentira– se niegan a quedarse callados o a «portarse bien». Pero los buenos periodistas –aunque hay algunas excepciones notables, para bien y para mal– nunca desean ser noticia y, opino yo, casi nunca deben de usar el «yo»; son las voces de los demás las que cuentan, las que hay que contar, esa voz colectiva ante el poder exclusivo.

En tiempos recientes a los periodistas nos han convertido en noticia, y demasiadas veces en información luctuosa. Declaran que somos enemigos, a veces nos amenazan, a veces nos encarcelan, a veces nos matan. Y eso no se limita a países como México o Turquía o Irak, sino aquí mismo, en Estados Unidos. El presidente Trump ha declarado «enemigo del pueblo» a todo periodista que no se subordine a sus mentiras y engaños. Desde el inicio de su campaña presidencial, con sus llamamientos a sus bases a atacar a los medios no alineados, generó un clima tan peligroso que varios periodistas de algunos de los grandes medios nacionales tuvieron que contratar seguridad privada para acompañarlos a seguir al candidato. Como presidente no ha dejado de atacar a los periodistas y a sus medios, por nombres y apellidos, cada vez que se atreven a criticarlo o publicar información que le daña. Esto supera a lo que los periodistas tuvieron que enfrentarse durante la peor época de Richard Nixon en los años 70, o del macartismo en los 50. Esto apenas acaba de empezar, y las consecuencias pueden ser peligrosas no solo para los periodistas, sino para lo que se llama «democracia».

El presidente anterior hablaba más bonito y se llamaba a sí mismo el campeón de la libertad de expresión y la transparencia, pero en los hechos persiguió a los que se atrevieron a divulgar secretos oficiales a través de los medios. De hecho, Obama promovió más casos –ocho, incluido Edward Snowden, el más conocido– en base a la Ley de Espionaje de 1917 contra filtradores y periodistas que el total (tres) de todos sus antecesores.

Un informe del CPJ en 2013 llegó a la conclusión de que el Gobierno de Obama ha sido el más agresivo respecto al control de información en tiempos modernos. El ex editor Leonard Downie, quien encabezó la investigación, escribió que «la guerra de este Gobierno contra las filtraciones y otros esfuerzos para controlar la información son los más agresivos que he visto desde el Gobierno de Nixon, cuando yo era uno de los editores involucrados en la investigación de Watergate para el ‘Washington Post’». Joel Simon, director ejecutivo del CPJ, escribió en “The New York Times” que «los ataques incesantes (de Trump) contra los medios de noticias están dañando la democracia estadounidense». Advirtió que el ataque de Trump contra el uso de fuentes anónimas «mina el trabajo de periodistas que escriben artículos delicados en ambientes represivos y peligrosos, desde Irak hasta México, donde la protección de fuentes es asunto de vida o muerte».

En marzo nos tocó ser noticia de nuevo en México. Nuestra compañera ya no puede informar en su periódico de las verdades que descubría para que el público decidiese si actuar o no ante la realidad que vivimos. Ahora a ese «público», o sea, a todos nosotros, nos toca responder. Tenemos que decidir si es una cifra más en una lista espantosa o si defendemos de manera colectiva a los que se atreven a ser «enemigos».