Erreportajea
 
Oñati, heridas que aún supuran al tocarlas

Un caso les llevó a otro, y este segundo a un tercero... así han recopilado 59 denuncias de oñatiarras que han sufrido torturas en las últimas cinco décadas. Impulsado por Euskal Memoria, el documental «Barruko arrastuak» narra cinco de ellos. Abrir el corazón y dejar las heridas al descubierto ha sido un duro ejercicio.

@GARA_olarretxea|2013/09/21
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Algunas de las personas que han participado en el documental ‘Barruko arrastuak’. ‘Gorka RUBIO / ARGAZKI PRESS)

En el habitáculo «había una mesa y una única silla. Las paredes eran blancas, pero estaban amarillentas, sucias. En la parte baja había muchas huellas de zapato. `Ostia', pensé al ver aquello. Me di cuenta que acababa de entrar en el cuarto de las torturas». Esta confesión tiene dueño, Joxe Mari Zugasti, Txiki, detenido por la Guardia Civil en 1992 acusado de colaborar con ETA. Sin embargo, las declaraciones podrían llevar otro nombre y otros apellidos, el de cualquiera de los cientos de vascos y vascas que han denunciado calvarios similares antes y después de morir Franco y en manos de diferentes cuerpos policiales.

El año pasado Euskal Memoria presentó el voluminoso trabajo «Oso latza izan da. La tortura en Euskal Herria», en el que se resume el impacto de cinco décadas de malos tratos e impunidad y se hace una proyección del número de torturados desde 1960. Entre los casos recogidos había tres de vecinos de Oñati. Al proceder a certificarlos, se dieron cuenta de que aquello era solo una muy pequeña muestra. Tiraron del hilo, hasta llegar a confirmar en total 59 casos de tortura solo en esa localidad. Y es que muchos hablan ahora por vez primera.

De ahí ha surgido el documental «Barruko arrastuak», impulsado por Euskal Memoria de Oñati y que el miércoles se presentó en la Casa de Cultura -quien esté interesado en proyectarlo debe ponerse en contacto con la fundación-. Según los datos aportados, desde el franquismo hasta el día de hoy han sido detenidos 168 oñatiarras y 59 han denunciado haber atravesado este infierno.

El documental narra cinco casos en primera persona. Gotzon Osinaga (detenido en 1975 por la Guardia Civil, en 1980 por la Policía Nacional y en el 84 por la Guardia Civil), Iker Loiti (detenido en 1992 y 1995 por la Guardia Civil y la Ertzaintza, respectivamente), Isabel Atxa y Koldo Guridi (detenidos ambos en 1975 por la Guardia Civil) y el ya citado Txiki. Igualmente han participado el abogado y parlamentario Julen Arzuaga y la sicóloga de Jaiki Hadi Oihana Barrios.

Las víctimas describen golpes, amenazas, la aplicación de «la bolsa» y otros métodos con los que causar dolor, agotamiento, asfixia, vómitos y pérdidas de memoria. Han pasado muchos años desde que ocurrieran los hechos, el caso más reciente de Oñati se remonta a 1995, y, sin embargo, para la realización del documental ha habido ocasiones en que no les ha resultado sencillo recordar y traer al presente pasajes horribles. Algunos, de hecho, nunca lo habían contado. Otras muchas víctimas no han querido participar, incapaces de repasar lo vivido. Lo que resta es una herida interna, profunda, que cicatriza pero que no se cura. Una marca con la que se aprende a vivir. Todos coinciden en señalarlo.

«Cada vez que hay una detención, es como si me detuvieran de nuevo. Vuelvo a recordarlo todo, y me imagino dónde y por qué situación está pasando la persona presa en cada momento», declara Loiti. A Guridi y Osinaga les ocurre lo mismo.

Atxa admite que los diez días en los que permaneció incomunicada los ha tenido durante muchos años «en el disco duro». «Desde entonces han pasado muchas cosas tanto a nivel personal como político... ya no quiero darle demasiadas vueltas», señala.

Txiki también mira hacia adelante; en realidad todos lo hacen, y muestran gran entereza, pero él saca una conclusión positiva: «Todo esto me ha servido para entender el conflicto y abrir los ojos».

Sobre la recuperación de quien lo ha sufrido en carne propia, Barrios asegura que es complicado porque «acaban con la dignidad de esa persona, e incluso con su coherencia». En un proceso largo. El objetivo es volver a ser quien era y tirar hacia adelante, «aunque nunca lo olvidarán ni vivirán como si no hubiese pasado», afirma la sicóloga.

Hoy es el día en que siguen recordando al detalle cómo lo hacían los torturadores, qué papel jugaba cada uno, su voz, incluso el nombre de algún agente. Y hoy es el día en que siguen sin explicarse cómo una persona puede hacer semejantes barbaridades. «Pegaban durante todo el día. Debían estar drogados, idos del todo, fuera de sí. Una persona en su sano juicio no puede hacerlo», sostiene Guridi. La sicóloga de Jaiki Hadi explica que los torturadores consideran los malos tratos una parte más de su trabajo. «Son personas normales, con su trabajo, sus vidas y sus familias. Los detenidos para ellos son animales, terroristas... no son personas. Deshumanizan por completo a la persona que tienen delante para poder hacerlo».

La vigencia de la incomunicación permite que aún hoy existan los malos tratos. Arzuaga sostiene que mientras se mantengan los tres pilares que los sustenta -«voluntad política, eficacia policial y falta de efectividad de los jueces»- será difícil erradicarlo. «¿Cómo hacerlo, cuando los intereses del propio Estado son parte del engranaje?», pregunta.

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