Pello Guerra
PEDRO DE NAVARRA

La fidelidad hasta la muerte del mariscal

Hace quinientos años, un pequeño ejército de navarros y bearneses intentó liberar Nafarroa de los conquistadores españoles. Al frente de esas tropas marchaba el mariscal Pedro de Navarra, respetado líder de los legitimistas que no dudó en renunciar a una existencia de comodidades por defender la independencia del reino. Incluso perdió la vida por mantenerse fiel a la palabra dada a los reyes navarros.

gara-2016-03-09-Reportaje

Alabado sea Dios, que la Resurrección y el mariscal vienen al mismo tiempo». Esta frase corría de boca en boca por Nafarroa en vísperas de la Semana Santa de 1516, cuando se preparaba el segundo intento de recuperación del reino invadido por los españoles cuatro años antes. ¿Pero quién era ese mariscal por el que suspiraban los navarros legitimistas? Pedro de Navarra era descendiente de Leonel, hijo bastardo del rey Carlos III el Noble, y a su familia se le adjudicó el nuevo título de mariscal del Reino de Nafarroa en el año 1428. En 1471 y en medio de las disputas banderizas, el mariscal también llamado Pedro de Navarra terminó muriendo en un frustrado intento agramontés de acceder a Iruñea, dominada por los beaumonteses, a través de una puerta que pasó a denominarse desde entonces de la Traición.

El fallecido era el padre del protagonista de esta historia. Ese primer Pedro se había casado con Inés de Lacarra, con la que tuvo dos hijos: Felipe y Pedro. Si lo ocurrido con su progenitor había supuesto un mazazo para la familia, no lo fue menos la muerte de Felipe tan solo nueve años más tarde, en 1480, cuando le dio muerte el conde de Lerín por no casarse con una hija suya. A causa de esta cadena de defunciones, Pedro de Navarra terminó convirtiéndose en mariscal.

No conocemos la fecha de su nacimiento, aunque debía de ser muy joven cuando irrumpió en la vida pública del reino. Su nombre aparece en la documentación relacionada con la coronación del rey Francisco Febo, celebrada el 21 de noviembre de 1481. El día anterior a ese acto, Pedro de Navarra había sido armado caballero en presencia del nuevo soberano.

Esta no sería la única coronación a la que asistiría, ya que también estuvo presente en la de los sucesores del malogrado Febo, su hermana Catalina de Foix y Juan de Albret, que tuvo lugar en la catedral de Iruñea el 12 de enero de 1494, diez años después de que la reina sucediera oficialmente a Francisco.

Embajador del reino. Entonces Pedro de Navarra ya ocupaba por derecho su cargo de mariscal del reino, una figura de corte militar, aunque sus soberanos sobre todo recurrieron a él en calidad de embajador, en especial ante los Reyes Católicos, ante los que efectuó gestiones diplomáticas durante dos décadas. No resulta extraño si tenemos en cuenta que le tocó vivir los años en los que Fernando e Isabel ejercían un protectorado sobre el reino pirenaico. Las presiones políticas y especialmente las amenazas militares tenían sometidos a Catalina y Juan ante unos monarcas que empleaban al desastibilizador conde de Lerín para arrancar más y más concesiones a los reyes navarros.

En ese clima tuvo lugar en 1498 el matrimonio del mariscal, dentro de una politica de enlaces que el historiador Pedro Esarte enmarca en un intento de «frenar las ambiciones de los Trastámaras». Pedro de Navarra se casó con la castellana María de la Cueva, hija de los duques de Alburquerque, aunque para entonces, el mariscal ya había sido padre, siendo soltero, de un hijo al que llamaría Francisco de Navarra y que llegaría a ser prior de Orreaga y obispo en diferentes lugares.

Durante los siguientes años, los reyes navarros incrementaron su actividad diplomática en un intento por frenar a sus ambiciosos vecinos, tanto Francia como España, que buscaban poner fin a la política de neutralidad que querían aplicar a toda costa Catalina y Juan. En esas embajadas ante Fernando el Católico, en las que estaba presente Pedro de Navarra, el rey de España ponía sobre la mesa exigencias cada vez más disparatadas para así ganar el tiempo que necesitaba para ultimar su operación de invasión de Nafarroa.

Con las tropas españolas ya concentradas en territorio de Araba a mediados de julio de 1512, el mariscal todavía seguía negociando con Fernando el Católico, quien le sorprendió asegurándole que los reyes de Nafarroa habían llegado a un acuerdo con Francia. Incluso le mostró una copia del Tratado de Blois, pero una versión manipulada por el propio rey aragonés, que dejó desconcertado al mariscal.

Las negociaciones quedaron rotas y Pedro de Navarra abandonó la Corte de el Católico, aunque para entonces el reino ya había sido atacado. Tras enviar a la familia real al Bearne para ponerla a salvo, Juan de Albret se trasladó a Lumbier, donde le localizó el mariscal. Pedro de Navarra estaba dispuesto a acompañarle a sus dominios del norte de los Pirineos, pero el soberano le conminó a regresar a su casa, ya que estaba decidido a regresar lo antes posible con un ejército para liberar el reino de los invasores españoles.

No faltar a su palabra. A finales de agosto, el duque de Alba exigió al mariscal que jurara fidelidad al nuevo soberano de Nafarroa. Como otros nobles navarros, Pedro de Navarra se trasladó a Logroño, donde Fernando el Católico le conminó a jurarle fidelidad. El mariscal le recordó que los miembros de su linaje siempre habían sido «leales súbditos de la Corona de Navarra» y le pidió que no le obligara a faltar a la palabra dada al rey Juan de Albret. Pero varios nobles castellanos le presionaron hasta que supuestamente lograron arrancarle ese juramento a base de coacciones. Años más tarde, el propio mariscal reconoció que había hecho el juramento «como se demandó, sin jamás tener intención de faltar a la primera obligación (su primer juramento a los legítimos reyes de Nafarroa)». Pero incluso en ese momento dejó clara cuál era su postura al respecto cuando pidió a Fernando el Católico que le diese «licencia, sin quererle tener prendado, para ir a quien debía con su persona», es decir, que le dejara ir a servir a Juan de Albret.

En cualquier caso, esta es la versión castellana del suceso, que es puesta en tela de juicio por varios historiadores. Por ejemplo, Pedro Estarte destaca el hecho de que el documento del supuesto juramento de fidelidad carece de la firma de testigos y del propio mariscal, lo que le hace carecer de validez. El historiador se decanta por la existencia de un cierto compromiso de fidelidad, pero nunca de un verdadero juramento.

A pesar de su petición, Fernando el Católico le retuvo en la Corte de Logroño, que pasó a ser la particular cárcel del mariscal, hasta que se escapó para regresar a Nafarroa cuando supo que el rey Juan iba a cruzar los Pirineos con un gran ejército para liberar el reino ocupado. Pedro de Navarra se incorporó a la columna mandada por el soberano navarro, que a finales de octubre de 1512 tomó Burgi, pero que no pudo llegar a Iruñea antes que el duque de Alba, quien a punto estuvo de quedar copado en Nafarroa Beherea. El ejército legitimista puso cerco a la capital durante el mes de noviembre e incluso lanzó dos ataques contra sus murallas, pero fue rechazado por las tropas españolas. Finalmente, el 1 de diciembre tuvo que levantar el sitio de Iruñea ante la inminente llegada de un ejército de socorro enviado por Fernando el Católico. El primer intento de recuperación del reino había fracasado.

Tras conseguir una entrega honrosa de las plazas que se habían sublevado en apoyo del rey Juan, el mariscal partió al exilio. Atrás dejaba como rehén a su hijo pequeño Pedro, a quien había hecho donación de los dominios de su casa y cuyos tutores eran los cuñados del mariscal, ya que el joven quedó confinado en la Corte castellana.

Durante los dos siguientes años, Pedro de Navarra y sus seguidores se dedicaron a acosar a los invasores en la zona de Baztan y del Bidasoa. Esa actividad militar iba acompañada de su vuelta a las tareas diplomáticas, ya que fue embajador de los reyes navarros ante Luis XII de Francia y el papa León X, al que intentó convencer inútilmente de que revocara las bulas de excomunión lanzadas contra Catalina y Juan por su antecesor Julio II. Incluso se entrevistó en La Haya con Carlos de Gante (futuro Carlos I de España) para que pidiera a su abuelo el Católico la devolución del reino.

Mientras, en la parte del reino invadida, Pedro de Navarra fue acusado de contumaz por la justicia española. Al no presentarse ante los tribunales, fue declarado rebelde y culpable de crimen de lesa majestad. En enero de 1514 fue condenado a muerte y sus bienes fueron confiscados por la Corona española, aunque su suegro, el duque de Alburquerque, se hizo cargo de ellos como garante ante Fernando el Católico. Como procurador de los bienes, el duque nombró a Sancho de Yesa, regidor de Iruñea y persona de total confianza del mariscal.

En 1515, Pedro de Navarra retomó las armas junto al rey Juan en apoyo de Francia. A mediados de agosto, los ejércitos del nuevo rey francés, Francisco I, cruzaban los Alpes para combatir en Italia, donde se impusieron en la batalla de Marignano. En las conversaciones mantenidas entonces estuvo presente el mariscal, quien informó al soberano francés de que Fernando el Católico se moría.

La muerte del monarca español tuvo lugar el 23 de enero de 1516 y fue el detonante de un estallido de inestabilidad en el reino que había creado a base de política y guerra. El momento resultaba especialmente propicio para intentar recuperar Nafarroa de nuevo. Incluso Francisco I animó a los reyes navarros a hacerlo, aunque no se comprometió con armas y hombres, de tal manera que los recursos para la operación debían obtenerse en la Nafarroa todavía independiente al norte de los Pirineos.

Nuevo intento de liberar el reino. El encargado de organizar ese ejército libertador fue el mismo mariscal. Para facilitar su incursión, contactó con los fieles con los que seguían contando los reyes en la parte ocupada del reino para que se sublevaran contra los invasores. Incluso los beaumonteses, que en un primer momento habían colaborado muy activamente con la conquista, se habían sentido desengañados con los invasores y prometieron su apoyo.

A principios de marzo, los 1.200 navarros y bearneses que había podido reunir el mariscal estaban listos para el ataque. El rey Juan puso sitio a Donibane Garazi, el vizconde de Baigorri avanzó sobre Orreaga y el mariscal se movilizó el día 17 hacia Erronkari y Zaraitzu, valles que se levantarían en su apoyo. Tras reunirse las tres columnas, partirían hacia Iruñea.

Pero los españoles estaban al tanto de lo que se preparaba. El regente de Castilla, el cardenal Cisneros, y el coronel Villalba se prepararon para hacer frente a la ofensiva. El coronel abandonó Donibane Garazi, donde dejó una guarnición, y se situó en Orreaga para evitar la unión del ejército legitimista. A su paso prácticó una política de tierra quemada de la que no se libró ni la Colegiata de Orreaga, que fue pasto de las llamas. Mientras, en diferentes plazas del reino, los posibles apoyos a Juan de Albret fueron detenidos o desterrados para abortar las sublevaciones interiores previstas.

Con el rey Juan bloqueado al norte de los Pirineos y el vizconde de Baigorri rechazado por Villalba, la situación se volvió crítica para el mariscal, que había recibido muchos menos apoyos de los prometidos por los valles pirenaicos. Al aproximarse a Orreaga, descubrió la presencia de tropas españolas y decidió retroceder de inmediato hacia Erronkari, seguido de cerca por el incansable coronel Villalba. La persecución derivó en un auténtico calvario a causa de la presencia de abundante nieve y del mal tiempo. La retirada se prolongó durante horas, hasta que los españoles consiguieron cortar el paso a los legitimistas cerca de Izaba. Apenas hubo lucha, ya que el mariscal y sus capitanes se rindieron a cambio de que se respetara la vida de sus hombres. Entre los apresados figuraban varios primos del futuro San Francisco de Xabier, aunque su hermano Juan consiguió huir.

El mariscal y sus lugartenientes fueron trasladados de inmediato a Castilla. A su paso por las localidades navarras, la gente se acercaba a Pedro de Navarra para besarle las manos en señal de respeto. Los prisioneros fueron encerrados en el castillo de Atienza, rodeados de las máximas medidas de seguridad. Mientras, Miguel de Xabier tenía que abandonar su feudo en la Alta Nafarroa y refugiarse en el Bearne, y hasta el conde de Lerín se vio obligado a escapar perseguido por el capitán Pizarro, padre del futuro conquistador de Perú, aunque posteriormente fue perdonado por las autoridades españolas.

Peticiones de libertad. Unos meses más tarde y mientras en Nafarroa eran desmochados los castillos por orden de Cisneros en represalia por lo ocurrido, todos los prisioneros capturados en Izaba fueron puestos en libertad, salvo el mariscal, a pesar de que su suegro el duque de Alburquerque se ofreció como valedor. Los reyes de Nafarroa también pidieron su liberación en repetidas ocasiones a Carlos I, que se negaba una y otra vez, porque así «las cosas de Navarra están en gran paz y quietud» y porque no convenía «usar de piedad donde no se debe, ni con quien no se lo merece».

En 1517, Pedro de Navarra fue trasladado de Atienza a Barcelona, desde donde había requerido su presencia Carlos I. El rey español le pidió que le jurase como soberano de Nafarroa y a cambio le pondría en libertad y le restituiría su estado, honras, oficios y otros favores y mercedes. Pero el mariscal le respondió que no podía jurarle conforme a su honra, porque ya lo había hecho con los reyes Catalina y Juan, y tenía «determinado morir como siempre había vivido».

Tras fracasar en su intento, el rey español ordenó encerrar a Pedro de Navarra en el castillo de Simancas. En Valladolid volvería a probar suerte Carlos I con el mariscal en marzo de 1520 ofreciéndole las mismas prebendas. Y el navarro le respondió que «por no haber nacido en España ni ser de la casa real de Castilla», como buen hidalgo, permanecería «fiel al juramento que había prestado a Juan de Albret y Catalina, los verdaderos reyes de Navarra, y jamás renegaría de su patria».

El mariscal fue devuelto a su celda, de donde los dirigentes agramonteses y el rey de Francia planearon su fuga, según ha recogido en sus trabajos el historiador Pello Monteano. El plan se habría pergeñado en el monasterio de La Oliva y en el mismo participaba el afamado Pedro Navarro, que fue enviado a Simancas para evaluar la posibilidad de minar los muros del castillo, tarea en la que era todo un experto, como había demostrado en las guerras de Italia.

Finalmente, el plan no se llevó a cabo porque la situación política vivía unos momentos convulsos. Por un lado, en Castilla estalló la revuelta de los comuneros, que quería ser aprovechada por Enrique II, rey de Nafarroa desde la muerte de su madre Catalina en 1517, y Francisco I de Francia para lanzar un tercer intento de recuperación del reino. Esa ofensiva se inició en mayo de 1521 y de ella estaba al tanto el encerrado mariscal, quien animó a su hijo a huir de Castilla y unirse a las tropas dirigidas por Asparrots, tal y como hizo.

En su celda, Pedro de Navarra recibió noticias del fracaso de ese intento tras perder la batalla de Noain el ejército legitimista. También fue informado de la nueva incursión franco-navarra de setiembre de ese mismo año y de la resistencia en el castillo de Amaiur, que terminó con la rendición de los navarros que lo defendían en julio de 1522. A finales de ese año, tan solo Hondarribia se mantenía firme ante los españoles. En este contexto tuvo lugar la polémica muerte del mariscal.

¿Suicidio o ejecución encubierta? El 24 de noviembre de 1522, Pedro de Navarra fallecía en su celda del castillo de Simancas. En los días previos, su criado de confianza, Felipe de Bergara, fue enviado a Valladolid y se le puso como sustituto a Pedro de Frías. Este aseguró, en el posterior proceso judicial, que ese día, el mariscal le envió a buscar a otro criado y a su vuelta, encontró a Pedro de Navarra herido de muerte con un cuchillo que le había pedido anteriormente. Poco después, el mariscal moría. En base a ese testimonio, se certificó su muerte como suicidio. Pero, ¿Pedro de Navarra realmente se quitó la vida?

Pello Monteano da por buena la versión del suicidio, que sería consecuencia de la cadena de malas noticias recibidas desde Nafarroa, que le habrían sumido en «una profunda desesperación». Además, considera que como, desde un punto de vista religioso, resultaba difícil de asumir que se hubiera quitado la vida, «muchos prefirieron creer que había sido víctima de un asesinato muy bien preparado».

En cambio, Pedro Esarte pone el acento en que la muerte del mariscal «estuvo rodeada de flagrantes contradicciones, como la desaparición del testamento y su correspondencia, la inexistencia de noticias sobre la entrega del cadáver y objetos personales, así como la falta de oficios religiosos de rigor». Además, previamente, el mariscal había expresado varias veces sus temores a que le quitaran la vida. Un miedo comprensible si se tiene en cuenta que no sería la primera vez que prisioneros incómodos de Carlos I aparecían muertos en sus celdas, como había ocurrido con el alcaide de Amaiur, Jaime Vélaz de Medrano, y su hijo Luis.

Sea como fuere, con su muerte, los Albret perdían a unos de sus apoyos más emblemáticos, al líder que en Castilla veían como el único capaz de aglutinar a los navarros frente a los invasores y que ha pasado a la posteridad como el caballero que, pese a las terribles consecuencias, nunca faltó a la palabra dada a su legítimos reyes.