12/05/2019

DAVID BROOKS
Antibalas
El pasado 20 de abril se cumplieron veinte años de la masacre en la Escuela de Columbine. Diez días después, el pasado martes día 30, en la Universidad de Carolina del Norte de Charlotte se registraba una nueva matanza, con un saldo de dos muertos y cuatro heridos. Lejos de frenar el acceso a las armas de fuego, la Administración Trump lo impulsa, aunque los supervivientes quieren ponerle freno.

Cuando hace veinte años fueron asesinados doce estudiantes y un adulto en el instituto de Columbine (Colorado), aquel fue el quinto peor incidente causado por un tiroteo masivo en la historia de Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy en día no está ni entre los diez primeros.

En Estados Unidos, una generación ha pasado toda su vida bajo la amenaza real de que en cualquier momento puede suceder una masacre con armas de fuego en su escuela, en su universidad, en un concierto, un cine o un baile. En las dos décadas transcurridas desde lo ocurrido en la Escuela Preparatoria de Columbine, se han registrado por lo menos 165 tiroteos masivos (incidentes en donde se mata a tres o más personas en un lugar público) que han arrojado un saldo de 959 muertos, según un análisis realizado por “The Trace” y “The New Yorker”. Por lo menos 143 de estas fatalidades se desarrollaron en escuelas –afectando a estudiantes, maestros y otros trabajadores de la enseñanza–, según un artículo del “Washington Post”, que también calcula que, desde Columbine, 226.000 estudiantes han tenido alguna experiencia con violencia armada en 233 escuelas del país.

Los casos más terribles desde lo ocurrido en aquel instituto de Colorado incluyen a Las Vegas, con 58 muertos; la discoteca Pulse de Orlando, con 49; la Universidad de Virginia Tech, con 38; y Newtown, donde la matanza fue en una escuela primaria, con 27 muertos, 20 de ellos niños de entre 6 y 7 años. Y, pese a todo, nada ha cambiado.

Peor aún, como para ratificar la locura por las armas de este país, recientemente algunos políticos han presentado propuestas consistentes en facilitar aún más su uso legal en el ámbito público, que incluyen medidas tales como armar a los maestros en las escuelas. No hay otro país avanzado en el que ocurra esto. Las preguntas desde Columbine siguen siendo las mismas: ¿Por qué? y ¿qué debemos hacer?

Vale señalar que, por una ley federal aprobada un par de años antes de lo ocurrido en Columbine, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) del Gobierno federal tiene prohibido investigar las causas y los efectos de la violencia provocada por las armas. Tal vez el mejor intento para responder a esas interrogantes hasta la fecha es el documental “Bowling for Columbine”, de Michael Moore.

Mientras se siguen investigando las razones de todo esto, vale recordar que los tiroteos masivos representan apenas un 1% de la violencia ejercida con armas en el país. Es una nación inundada de armas de fuego; hay suficientes en manos privadas como para armar a cada adulto en Estados Unidos; es decir, a más de 300 millones. En 2017 se registró el récord de muertes por disparos en medio siglo, con un total de 39.773 fallecidos, según cifras del CDC. De ese total, el 60% fueron suicidios y el 37%, homicidios. La tasa de homicidios con armas en EEUU es 25 veces más alta que la de otros países avanzados, según la Organización Mundial de Salud. Cada día, de media, mueren 100 personas por armas de fuego o más de 36.000 por año; casi 1.700 niños mueren a consecuencia de las armas. Las más afectadas son las minorías; los afroestadounidenses representan la mayoría de víctimas de homicidios con armas; de hecho, son la principal causa de muerte entre los menores de edad afroamericanos.

Al cabo de muchos años de nobles pero fracasados intentos de impulsar una serie de reformas que hagan frente a este desastre, algo cambió hace catorce meses, después de que diecisiete estudiantes fueran asesinados en una escuela preparatoria de Parkland (Florida). De ahí nació un combativo movimiento encabezado por los estudiantes supervivientes que sacudió a las cúpulas políticas estatales y federales, y que organizó la movilización nacional más numerosa registrada en la historia nacional sobre este asunto. A la vez, esta iniciativa busca alianzas con otras organizaciones de víctimas de violencia en Estados Unidos y se ha comprometido a obligar a los “adultos” a que, por fin, asuman sus responsabilidades y emprendan alguna acción. Ese movimiento, denominado March for Our Lives (Marcha por nuestras vidas), decía esto en el mensaje que envió en el aniversario de Columbine: «Crecimos a la sombra del tiroteo de Columbine. Crecimos haciendo ejercicios en caso de tiroteo. Sobrevivimos a un tiroteo en nuestra escuela. Hoy, y todos los días, recordamos a los que perdimos y los honraremos con nuestras acciones».