12/05/2019

Oficio
IKER FIDALGO ALDAY
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El arte contemporáneo parece estar siempre en el pedestal de la alta cultura. Aquella a la que solo tienen acceso determinadas personas que, bien por clase social o por formación intelectual, acceden a una serie de contenidos en contraposición a la cultura popular y la cultura de masas. Por consiguiente, el artista arrastra el mito de la genialidad y el talento innato capaz de crear desde una atalaya que lo conecta con una imaginación poderosa y un universo propio lleno de códigos inalcanzables. Esta caricaturizada idea sigue aún latente y podríamos aplicarla cuando leemos una y otra vez diagnósticos semejantes sobre la afluencia de público a las galerías y los museos. Esto, sumado a la cada vez menos presente formación artística en la educación obligatoria (junto con otras disciplinas como la filosofía) y a la aplicación del IVA general en los accesos, parece ayudar a mantener esta nebulosa inaccesible que, a veces, es el arte.

Sin embargo, desde el arte la propia figura ha sido cuestionada en numerosas ocasiones asumiendo un papel mucho más cercano a la realización de un oficio que se aprende y desarrolla con el tiempo. Una imagen que nos separa de la tradición estereotipada y nos acerca a una realidad –la del trabajo de la cultura– mucho más cercana al contexto económico y social que nos acompaña.

El Centro Internacional de Cultura Contemporánea Tabakalera de Donostia inauguró el pasado 5 de abril su nuevo espacio expositivo, que abandona la antigua sala para instalarse en el tramo paralelo a las vías del tren. Para esta puesta de largo, la elegida ha sido la artista Esther Ferrer (Donostia, 1937), una de las figuras más relevantes de finales del siglo pasado y que en los últimos años ha recogido numerosos reconocimientos tales como el premio Velázquez (2014) o el premio Nacional de Artes Plásticas (2008), así como muestras en el MNCARS o el Guggenheim de Bilbo. En la vuelta a su ciudad natal ha sido fiel a su estilo. Una artista tremendamente activa que huye del estancamiento y que propone, junto con la coordinación comisarial de Mar Villaespesa y Laurence Rassel, un proyecto basado en la línea de investigación sobre los números primos que viene realizando a lo largo de su carrera. La muestra aparece dividida en dos ámbitos de trabajo que, aunque relacionados entre sí, proponen diferente grado de implicación al público visitante. Por un lado, la producción desde lo plástico que traduce el lenguaje matemático desde la repetición, la constancia y el movimiento en las piezas que componen la exposición. Por otro, una serie de elementos que han sido utilizados por Ferrer en varias de sus performances y que aparecen dispuestos junto con las partituras de uso para ser activados, asumiendo un lugar que difumina al instante la diferencia artista-público. Ese “hágalo usted mismo”, que viene de un gesto tan aparentemente inocente como ponerse una coliflor en la cabeza o reproducir las diferentes maneras de andar sobre un cuadrado, es un acto político de una artista cuya labor comprometida nos invita a ser parte implicada y creadora del propio acto creativo, renunciando en un solo gesto a una observación pasiva y estéril. “Esther Ferrer. 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23...” puede visitarse hasta el 26 de mayo, así como disfrutar de las perfomances que todos los viernes se realizan como parte del programa paralelo de actividades, con nombres como Isidoro Valcárcel Medina, O.R.G.I.A y la propia Ferrer.

Hasta el 7 de junio, el Espacio Marzana ofrece “Tu nombre está seguro en mi boca” a cargo de la artista Elssie Ansarero (México D.F, 1979). Con una vasta trayectoria a pesar de su juventud, Ansarero nos presenta una colección de piezas a medio camino entre la ausencia, la presencia, lo volátil y lo etéreo de la presencia.