Material de tanteo
Nos proponen un acto paródico, asistir a una suerte de ensayo como si no fuéramos público y lo que se nos ofrece en escena no estuviera reglado, ensayado y calibrado en tiempo y espacio. Y en escena se nos ofrece un material en construcción, una improvisación, un juego que puede formar parte o no, de un futuro espectáculo a estrenarse en el mes de junio. Por lo tanto nuestra función es la de meros compañeros de viaje de un objetivo superior. Unas cobayas a las que ver sus reacciones ante el experimento.
Pero en el trozo de propuesta o material que se nos deja visionar encontramos otro juego paródico: una suerte de crítica a los supuestos nuevos lenguajes del teatro y la danza más emergente que se carga de retórica, de una pátina de trascendencia cuando acostumbra a ser cuestiones banales en sus formulaciones y deja la acción reservada a un plano casi anecdótico. Y como estamos hablando de contradicciones encadenadas, mucho de lo que hacen esos cuatro amigos, yo diría que con rasgos de idiotez bien clara, son simples movimientos, ocurrencias físicas, sin un antes ni un después.
De nuevo los guerrilleros teatrales de El Conde de Torrefiel nos ponen a cavilar. Nos sitúan en los límites de la propia representación y del propio hecho teatral. Por eso nos interesa tanto seguirles, aunque sea para descubrir nuestros propios demonios teatrales, nuestras insuficiencias para penetrar en estas dramaturgias tan aparentemente simples que deben encerrar un regalo oculto. O un veneno. O una bomba.

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