Thriller fronterizo en clave interiorista
El cineasta catalán Ramón Térmens nunca se repite en sus proyectos, todos ellos tan distintos entre sí como “Joves” (2004), “Negro Buenos Aires” (2009), “Catalunya über alles!” y este cuarto largometraje titulado “El mal que hacen los hombres”. Se podría decir que se ha vuelto más internacional pero sin salir de casa, porque se trata de un thriller fronterizo de inspiración foránea, si bien ha sido rodado en los interiores de una fábrica abandonada de motocicletas Derbi en Martorelles.
En cuanto a influencias más evidentes fluctúa entre el Tarantino de “Reserovoir Dogs” (1991) y el Robert Rodríguez de “Abierto hasta el amanecer” (1995). En contra puede tener su mimetismo cinematográfico, y a favor el hecho de conseguir una genuina atmósfera genérica de serie B con muy escasos elementos dramáticos, casi los propios de una adaptación teatral. La tensión se genera más a través de los diálogos entre los personajes encerrados, que a cosecuencia de sus puntuales estallidos violentos. La situación claustrofóbica atrapa a unos narcos, divididos entre su lealtad al cártel para el que trabajan y el problema de conciencia que les plantea una víctima menor de edad.

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