Raimundo Fitero
DE REOJO

Extenso

Umberto Eco ha sido un faro en todas las tormentas, el que nos abrió tantos caminos para atravesar el fin del siglo veinte a caballo de los medios de comunicación de masas que se fueron convirtiendo en catalizadores de todas las paradojas del progreso atrapado por sí mismo. Sin el pensamiento crítico de este hombretón, seguramente, este mismo rincón sería otro o no existiría. Fue su lúcida descripción del poder de la televisión y sus contenidos y su extensión por todo el tejido social, la que hace más de tres décadas, cuando el invento era catódico, nos ayudó a ir mirando de reojo al electrodoméstico no como una caja tonta sino como un foco de dominación global.

Cuando empezábamos a asimilar el ser apocalípticos de día e integrados de noche, el profesor Eco propuso un juego intelectual que se convirtió en un éxito de ventas. “El nombre de la Rosa”. Desde entonces su faceta de pensador y filósofo, de creador de herramientas para desmenuzar la realidad, quedó agazapado tras el novelista de éxito. Sus apariciones en la televisión, sus artículos, se convirtieron en un ritual, en la manera de mantener el conocimiento y el contacto con ese hombre que tenía una de las bibliotecas personales más extensas, que parecía haber leído todo, bebido mucho y comido bien. Un acompañante, un amigo a distancia, alguien que consideramos inmortal por extenso, por su presencia constante en nuestro cotidiano quehacer.

Muere y  recordamos que tenía ochenta y cuatro años, y nos viene a la memoria su última intervención televisiva hace unos pocos meses para enseñarnos cómo el rumor se ha convertido en un arma de destrucción masiva. Nos deja en la orfandad tamizada por el impulso que nos invita a repasar su obra, desde la más técnica a la más sencilla y entretenida para seguir respirando libertad.