Bill Murray cogió su bandana

La tendencia al desastre es algo innato en el veterano cineasta Barry Levinson, que después de ganar el Óscar con “Rain Man” (1988) se arruinó con “Toys” (1992), fiasco del que ya no se recuperaría teniendo siempre a la crítica en su contra. Y como no le pasan una, con “Rock the Kasbah” han vuelto a afilar los cuchillos y le han masacrado sin piedad. El público también le ha dado la espalda, y si esta dramedia viajera costó quince millones de dólares, en la taquilla de los EEUU no ha llegado a recuperar ni tan siquiera tres.
Está claro que el señor Levinson ha dado un paso en falso, a pesar de que su intención era la de pisar sobre suelo firme y conocido. Lo que en teoría pretendía hacer era establecer una conexión entre su comedia musical con Robin Williams “Good Morning, Vietnam” (1987) y su sátira política con Dustin Hoffman “La cortina de humo” (1997), pero el cálculo ha fallado en ese punto intermedio en el que el protagonismo de un cómico con carisma no encaja dentro de la crítica a la beligerante política exterior estadounidense. En realidad está jugando con un material explosivo muy peligroso que acaba estallándole en las manos, al caer en la americanada que no gusta ni a sus propios correligionarios, confundidos ante la torpe incorrección política de unos chistes que referidos a la intervención en Afganistán maldita la gracia que tienen.
Pero por muy mala que sea la película, no puedo resistirme a salvar de la quema a Bill Murray, que se mantiene inpertérrito en medio del caos, y tan perdido en la traducción como de costumbre. Es como el soldado que envían al frente sabiendo que no regresará, porque representa la decadencia de un sistema excesivo empeñado en contaminar todo lo que toca a lo largo y ancho de este mundo. Además de cantar el “Smoke on the Water” con instrumentos autóctonos afganos, elige el repertorio de Cat Stevens en su conversión musulmana como Yusuf Islam.

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