Películas y procesos
Los procesos cinematográficos suelen ser relatos en sí mismos, viajes de héroes y heroínas que están ahí esperando para ser despertados y que son, que existen mucho antes de que ni si quiera el guionista, la escritora o la directora imaginen las secuencias. Secuencias que después se abrazarán entre ellas para crear un relato contenedor de muchas otras. La(s) historias habita(n) ya en la realidad, etérea o tangible según se mire o se sienta; las historias habitan en los sentimientos, en los pensamientos, en las emociones, en los libros, en la calles.
Las historias suceden a cada momento y, en algún instante concreto, por azar, hasta que alguien las consigue pescar con su red, con su mirada, y las envuelve, las observa, las rodea y las repiensa para llegar a transformarlas.
Al mimarlas y enamorarse de esas historias, ese alguien da comienzo a una aventura en la que se embarcará por un tiempo, con dinero o sin dinero, con gentes que consiguen hacer magia con la luz, con sonidos de motores, con cables que viajan y se enredan, con días y espacios minúsculos en los que los encuadres poéticos son un milagro de la mirada y el saber hacer de unos pocos.
Hacer películas para que sean vistas u olvidadas, vivir en el intento del proceso que se convierte en meta y aprendizaje colectivo. Soñar a partir de la realidad y dejarse llevar por la ilusión de las imágenes y los sonidos.
Los procesos cinematográficos son relatos en sí mismos.

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