Una serie
Noto una saturación informativa que ayuda a consumir torrijas como si fueran hostias benditas. Las aceitunas del Cristo maridan perfectamente con el vino de oferta. Las carreteras no tienen sombras. Las estaciones huelen a bocadillo de tortilla. Los aeropuertos son espacios convertidos en supermercados con demasiado ruido. No nos queda ni la posibilidad de sentarnos frente al televisor para reconstruir una memoria atada a unos cirios, una procesión presidida por un tricornio, a un primo vestido de romano. No, la realidad se confunde con el relato de la realidad.
Por eso uno huye del nuevo ridículo de Antonio García Ferreras de La Sexta, como reportero en Bruselas, intentando narrar una desesperanza con aromas de chocolate, como si los mejillones belgas fueran la inspiración de un periodismo patético. Inventarse un estado de ánimo de una ciudad aislada de su propio estado, donde conviven muchas etnias, idiomas, nacionalidades, una magia narrativa que no le concedió ni dios ni Florentino al director de “Al rojo vivo”.
La utilización de los niños sirios maltratados en los campos de refugiados fronterizos en Europa es deleznable. Hacerles mostrar esos cartones solidarizándose con las víctimas de Bruselas es repugnante. Esos niños, esas personas, necesitan soluciones prácticas inmediatas que pasan por la solidaridad y la ubicación en lugares salubres.
Me refugié consciente en “El Infiltrado”, una serie con formato de buen cine, que se emite en el canal AMC, basado en la novela homónima de John Le Carré, sobre espionaje, tráfico de armas y todas esas mierdas que envenenan al mundo entero y que tanto afectan y provocan estas guerras que nos soliviantan hoy, con dos protagonistas magníficos, Ton Hiddleston y Hugh Laurie, para los despistados el doctor House.

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