Anjel Ordóñez
Periodista
JO PUNTUA

Decir, dicen

D icen que se han visto estos días agentes de los servicios secretos norteamericanos rondando por las inmediaciones de la calle Estafeta. Y cuadra, porque también dicen que el mismísimo Barack Obama ha visitado la capital del viejo reino de riguroso incógnito, para empaparse en el espíritu del santo. Ya saben.

Dicen que el fantasma de Antioquío, el animal de Guardiola Fantoni que acabó a cornadas con la vida de dos mozos en 1980, pasea arrepentido cada mañana por el recorrido del encierro, desde la Casa Seminario hasta Mercaderes, tratando de mantener la manada compacta, y evitar así montones y tapones. No siempre lo consigue.

Dicen que, si te fijas bien, puedes reconocer en una pared de los urinarios del Café Iruña una mancha con la cara de Ernest Hemingway, que aparece como por arte de magia cada 6 de julio y vuelve a desaparecer con los últimos compases del «pobre de mí». En las peores noches, esas en la que se hace casi imposible mantener la higiénica puntería, el borrón se parece más a Arthur Miller. Eso dicen.

Dicen también que el santo, digno y orgulloso patrono de vinateros, sufre tremendas migrañas con cada trago que alguien da a ese veneno polimerizado para guiris incautos que llaman sangría, y que corre estos días por las calles de la ciudad cual undécima y tardía, pero definitiva plaga bíblica.

Y dicen que una venusiana con tres pechos y quince pezones anduvo tentada en el txupinazo. Finalmente comprendió que no merece la pena, que el espacio festivo es para la fiesta y no para exhibicionismos estériles que en nada ayudan a un disfrute sano de la jarana y la sexualidad. Que a veces van juntas, y otras no.

Todas estas historias se cuentan estos días en Iruñea, y también muchas más, igual de divertidas. Otra cosa es que ustedes se las vayan a creer.

Prácticamente difícil.

Lo realmente cierto es que, aunque ya queda menos, todavía hay mucho tiempo para disfrutar de la mejor fiesta del mundo conocido. Con alegre desenfreno, pero con riguroso respeto. Quienes no lo entiendan así, sepan que no son bienvenidos. Ni en Iruñea, ni en el mundo conocido.