Yahvé M. DE LA CAVADA
JAZZ

Christian Scott: visión y futuro

Imaginen que les invitan a comer una chuleta en un buen restaurante y que, una vez allí, se la sirven en un plato de cartón, con cubiertos de plástico, y le sientan en una silla de camping, en el callejón detrás del restaurante, junto a los cubos de basura. La experiencia de escuchar un concierto en la plaza de la Trinidad durante Jazzaldia puede llegar a asemejarse a esa sensación porque, como en la delirante situación recién expuesta, el disfrute de la música —la chuleta— depende de la capacidad de cada uno para abstraerse del entorno.

El lunes en la Trinidad había más sillas que otros días, pero también había muchos tíckets vendidos, demasiados como para garantizar que quien ha pagado la entrada pueda disfrutar del concierto en condiciones aceptables. Así, uno se pregunta si este era el escenario adecuado para una artista con el reclamo de Diana Krall, pero también nos preguntamos, por diferentes motivos, si lo era para un concierto como el de Bobo Stenson. El pianista sueco ofreció un recital con poco riesgo, muy en la línea de lo que hace últimamente, desgranando un puñado de composiciones que, si bien no llegaron a despegar, se sirvieron de la excelente química con Anders Jormin y Jon Fält para desarrollar algunos momentos fabulosos. En un contexto diferente tal vez los músicos habrían tocado de otra forma, o nosotros lo hubiéramos escuchado con otro talante.

Y después Diana Krall, cuya música es como el mueble más vendido del catálogo de Ikea: a todo el mundo le gusta o, mejor dicho, a nadie le ofende, y aunque no sea de madera ni de nada que se le parezca, queda bien en cualquier sitio. Krall se sirve de un puñado de standards tocados de forma inofensiva y narcótica, para facturar un concierto agradable y plano. Ni toca ni canta particularmente bien, pero viaja con una banda extraordinaria y todo suena en su sitio. Música de bar, en el mejor de los sentidos, hecha con gusto y cierta desidia. Pero eso es lo suyo, y lo hace bien.

Y por fin, casi a medianoche, Christian Scott en el Kursaal. Y digo por fin porque su concierto ofreció algo muy especial, y no tan habitual. Llámenlo como quieran: visión, personalidad, concepto... Sea lo que sea, Scott lo tiene. Y tiene una banda, además; una increíble y engrasada formación que suena como una apisonadora, ya sea tocando “The Eye Of The Hurricane” de Herbie Hancock, “The Eraser” de Thom Yorke o cualquiera de sus originales. Una década después de irrumpir con fuerza en la escena, Scott sigue siendo mucho más que un tipo bien vestido. Su directo es moderno e inspirador; no suelta la tradición, pero se zambulle sin miedo en territorios excitantes y contemporáneos. Y, lo más importante: funciona. A lo grande.