«Female Trouble»
Mi segunda noche en California cené en una alegre casa donde mujeres y hombres charlaban con una cerveza en la mano y un porro en la otra. Les observaba interaccionar fuera de la cocina y me chirriaba aún más lo que sucedía dentro: solo ellas cocinaban, preparaban la mesa, recogían y fregaban los platos. Desde entonces he visto más veces por aquí la misma dislocación temporal: mujeres fuertes y autónomas asumiendo sin aparentes contradicciones que las labores domésticas son cosa suya. Jamás se me ocurriría cuestionarlas a ellas, el patriarcado nos jode en cada lugar del mundo de maneras e intensidades diferentes. La opinión ajena les debilita, sin embargo, menos que a nosotras.
La mística de la feminidad doméstica y domesticada alcanzó su apoteosis en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial. Los hombres regresaron a la producción mientras ellas eran confinadas en el hogar, del que debían ocuparse con deleite. Pero las mujeres no aceptaron reducirse a la pluscuamperfecta ama de casa de los cincuenta: en pocos años se volvieron locas o feministas.
Esta trepidante historia en la que se nos trató de dominar de una vez por todas y nos rebelamos como nunca fue especialmente extrema en los Estados Unidos. A pesar del apabullante sistema de control legal, propagandístico y psiquiátrico que malogró a multitudes femeninas, ellas lograron salir de casa, trabajar, desarrollar otras capacidades y no depender de los hombres.
El capitalismo sigue tratando de colarnos a las mujeres la intendencia doméstica como asunto nuestro: mientras no se considere trabajo no se reconoce, no se asume colectivamente el cuidado, y la vida humana en sí carece de valor. El patriarcado se actualiza mientras las mujeres desfallecen trabajando dentro y fuera de casa. En Euskal Herria nos pusimos muy pesadas, de nuestras amonas a nosotras hay una abismo: en casi ninguna casa que conozco los hombres mantienen el privilegio de que les sirvan. Ellas terminarán de salir de la cocina y nosotras desoiremos por fin el qué dirán.

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