La furia convertida en una jaula de grillos

Para bien y para mal, Xavier Dolan parece disfrutar con el rol de “enfant terrible” que le ha sido otorgado desde que irrumpiera con furia en aquel Cannes de 2009 con su ópera prima “Yo maté a mi madre”.
Tomada como una declaración de principios, esta película ha dictado un discurso posterior en el que el joven realizador ha bordeado peligrosamente los territorios del exceso. Un extremo –o caída libre– que siempre ha eludido al incluir en diferentes tramos de su obra ese pálpito de mesura que otorga cierto respiro al espectador que debe adentrarse en historias tan extremas como las que siempre plantea. En esta nueva oportunidad volvemos a topar con esos detonantes emocionales que tanto gustan a Dolan en su empeño por colocar en tesituras muy extremas a sus personajes y para tal fin ha econtrado la cobertura perfecta en el texto teatral de Jean-Luc Lagarce, lo cual permite que la opresión constante que siente el espectador en cuanto los personajes abren la boca para lanzarse cuchillos mutuamente, se vea acrecentada por la propia atmósfera cerrada que escenifica un encuentro crepuscular.
Si en ocasiones anteriores Dolan ha sabido “dosificar” la fiereza con la que perfila sus historias y personajes, en esta oportunidada ese equilibrio al que aludía con anterioridad salta por los aires debido a una trama que en momento alguno busca ventanas abiertas y en la que sus personajes poseídos por una histeria coral y sumidos en una reacción en cadena que desconcierta por el uso excesivo de un subrayado emocional al que resulta muy difícil sentirse apegado.
El brutal encuentro de una familia, espoleado por el regreso de un joven escritor al que le queda poco tiempo de vida, se transforma en manos de Dolan en un festival de gritos que a ratos consigue lo que tal vez el autor no pretendía, elaborar una autoparodia de su propia obra e intenciones.

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