Hay vida a los ochenta
No es habitual ver a un intérprete blanco octogenario en gira internacional. El británico John Mayall es la excepción. Estuvo en el Victoria Eugenia en 2010, a donde retornó el martes, casi llenó el noble auditorio y dio prueba de envidiable vitalidad. El 19 vuelve al Music Legends bilbaino con el taquillaje agotado.
A sus 83 años y cual entusiasta músico joven, el bluesman gestionó en solitario su tienda de discos y autógrafos antes del show y volvió a hacerlo después, con sus dos instrumentistas. Y tras haber despedido en verano a su enésimo guitarrista actuó pluriempleado. A la voz (justa, pero digna), teclados y Hammond eléctrico (siempre eficaz), armónica (con su reconocida habilidad) y guitarra (no brillante, pero entrañable).
Así que ahora bajo sus simples nombre y apellido (aunque los promotores locales sigan anunciándolo con su histórico nombre de Bluesbreakers), Mayall asume hasta los punteos, aunque deja muchos tramos autónomos a su maciza sección rítmica.
En el día de San Valentín estrenó piezas de su reciente álbum “Talk About That” (número 66 de su discografía que, siempre autodidacta, ha producido y diseñado): “Gimme Some of That Gumbo”, “The Devil Must Be Laughing” (crítica a la situación del mundo) y “Goin' Away Baby” (de Jimmy Rogers). Y buceó feliz en sus viejas colecciones, homenajeando a sus fuentes (“Chicago Line”), recordando hasta la mili en Corea (“One Life to Live”) y despidiendo juerga con su obligado “Room to Move”. Genio y figura.

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