Izar y Sara
No voy a hablar de apego ni de pautas de crianza. No necesito invocar a la sicología para reivindicar el derecho de Sara Majarenas a proporcionar a su hija el cariño y apoyo necesarios para poder superar la experiencia traumática vivida.
Izar es una superviviente de la violencia machista en su expresión más cruel: agredir brutalmente a la hija para infligir un castigo atroz a la madre.
Victimizada por las instituciones, Sara no es una madre negligente incapaz de cumplir con lo que socialmente significa ser una «buena madre». La dificultad para cuidar y proteger a su hija no recae en su incapacidad como madre sino en la situación carcelaria que le impide satisfacer las necesidades de seguridad de Izar y retomar el control de sus vidas.
La separación impuesta a ambas alimenta la angustia y los miedos –incluido el miedo de no saber nombrar lo padecido–. Para desembarazarse del peso muerto de la violencia sufrida, deben estar juntas. Madre e hija se necesitan mutuamente para restañar la herida que supura, para recomponerse del íntimo desgarro y reconstruirse. No permitamos que las secuelas de la violencia petrifiquen en la memoria, ni que a las cicatrices de la piel les acompañen ausencia y abandono impuestos. Porque no hay libertad bajo pena, Sara e Izar deben estar juntas y libres.

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