Un gran desgarro social sin paliativos
La sospecha, el rumor, la maledicencia grupal, una asfixiante sensación de acoso, de linchamiento social a un profesor de educación que encuentra a uno de sus alumnos ahorcada con una cuerda en el gimnasio y sin ninguna prueba, simplemente por la necesidad de culpabilizar a alguien con urgencia se convierte en el chivo expiatorio, sintiéndose solo, desplazado, señalado, sin capacidad de reacción porque llega un momento en el que ha sido juzgado, condenado, separado profesional y socialmente, sin amistades ni compañera. Una vida rota por una tragedia bajo acusaciones nunca comprobadas.
En esa tensión se mantiene gran parte de este unipersonal en el que Iñaki Rikarte logra transmitir verosimilitud, trascendencia, uno acaba dudando sobre el relato exculpatorio del protagonista, porque existe una buena intención dramatúrgica muy subrayada por la dirección y los elementos escénicos de Fernando Bernués, pero encontramos un descanso porque vamos a un final feliz, muy feliz casi de cuento de hadas.
Es la verdad de los motivos la que exculpa al profesor que rehace su vida, pero nos mete en otro conflicto importante: la violencia entre los niños en las escuelas.

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