Víctor ESQUIROL
CRÍTICA «Doña Clara»

Esplendor en el verano y el invierno de la vida

D espués de la sorprendente “Sonidos de barrio”, el brasileño Kleber Mendonça Filho se confirma en “Doña Clara” como uno de los mejores cineastas del panorama internacional actual. La película en cuestión podría interpretarse como una réplica de aquella sensación titulada “Gloria”, de Sebastián Lelio. Básicamente, de lo que se trata aquí es de acabar conociendo, como si la hubiéramos parido nosotros mismos, a Clara, madre viuda que lleva, con la máxima dignidad posible, el amargo reto de enfrentarse a la tercera edad... además de a un despiadado agente inmobiliario que amenaza con echarla de su hogar.

La situación parece dramática y, efectivamente, lo es... solo que el director y guionista se niega a quedarse en esta actitud. Digamos que lo inevitable no tiene por qué ser determinante. Mendonça da síntomas inequívocos de tener bien aprendida la lección, basculando constantemente entre tragedia y comedia, no por cálculo matemático, sino para permitir que la historia fluya por sus cauces naturales. Así, Clara suspira al recordar cómo su versión joven bailaba junto a sus amigos al ritmo de uno de los grandes hits de Queen. Después, gira la mirada y detecta el viejo armario de su dormitorio. Al hacerlo, no puede evitar sonreír, al ser invadida por la experiencia proustiana de rememorar uno de los polvos más pasionales de su vida, consumado precisamente encima de ese mueble. Pues así, durante más de dos horas de glorioso cine.

Este, en manos de Mendonça, da la sensación de convertirse en puro impulso; en una fuerza de la naturaleza que, no obstante, puede llegar a controlarse. Hay en cada escena de este film, la voluntad de sorprender al espectador. A través de la maestría en la confección del montaje; a través de la elección de encuadres. Todo vale, todo deslumbra. Y por encima de todo, Sonia Braga. Estandarte y reflejo del conjunto: escandalosa, colosal, prácticamente perfecta.