Huevos de pascua
A dos semanas del domingo de Ramos, el ultracatólico Fillon quiso regresar triunfante a la tierra de su madre. Pensó quizá que sería vitoreado con palmas y que a su paso sería aclamado como un mesías. Y sin embargo, quizá porque su Pays Basque de postal –más impío que el de antaño– desconozca el calendario religioso, las personas que esperaban al candidato conservador le recibieron con un Viernes Santo.
No empezaba mal su paseo con un discurso en Biarritz en el que, tras fustigar a los fariseos socialistas que «intrigan para que me retire» y tras momentos de tensión en el que se silbó el nombre de Juppé como el de un Judas, profetizó su crucifixión, porque «la única manera de salvar la izquierda es matar a Fillon».
Pero lo que no se esperaba es que la visita del día siguiente a una explotación de pimiento de Ezpeleta se convirtiera en un Gólgota particular, animado por varias decenas de personas al grito pareado de «Fillon a prisión». Los guardaespaldas intentaron protegerlo de los huevos que sobrevolaron el cielo de Kanbo, pero el calvario ya estaba ahí, con el candidato de los Republicanos llevando a cuestas la cruz de la malversación de fondos y la corona de espinas del cohecho, perjurando que son otros los que le hacen la pascua. No son huevos lo que le hace falta, sino honestidad y, ya de paso, contrición.

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