Alquilo útero
Compañeras, escupamos sobre Hayek y Friedman, culpables de la barbarización del patriarcado que transfiguró a la mujer en un ser indiscernible. ¿Somos un ser humano, un cuerpo automatizado sin emociones, un órgano contingente, un receptáculo? .
Cuando mi yo feminista se revolvía contra la familia nuclear y el linaje paterno expresado a través del árbol genealógico, no estaba maquinando la distopía brutal de los úteros y vientres de alquiler («gestación subrogada» es un juego de palabras). Usar la capacidad de reproducción como modus vivendi confina a las mujeres en un destino biológico. Que no disfracen de metafísica del mantenimiento de la vida una explotación ventajosa para ambas partes, en la que los úteros se convierten en bienes de mercado. Hay argumentos decisivos para rechazar la realidad palmaria. Si es un trabajo, ¿cuál es la mercancía?
Dice Apolo, bajo la pluma de Esquilo: «No es la madre la que engendra al que llama su hijo; no es más que la nodriza, un ‘surco inerte’ que recibe y nutre el germen sembrado en ella, a no ser que los dioses dicten lo contrario». En un prefacio de “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, Engels recuerda la pugna entre el derecho paterno y el derecho materno agonizante de Bachofen. El matricidio camuflado se perfecciona.

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