01/09/2017

Una clausura con gran calidad musical

El concierto con el que la Orquesta Sinfónica de Cincinnati clausuró la Quincena Musical el miércoles resultó ser uno de los más destacados de esta edición. La de Cincinnati no es, definitivamente, una de las Big Five estadounidenses, pero es un conjunto muy notable y su director Louis Langrée, que había firmado un Tchaikovsky discutible el día anterior, se mostró laborioso y firmó un buen acercamiento estilístico a las tres obras dispares que conformaban el programa. La primera, “Short ride in a fast machine” de John Adams, supuso un auténtico espectáculo orquestal. Adams es un maestro de los tutti orquestales, que construye superponiendo las familias instrumentales con una efectividad que, en esta pieza inspirada en una carrera en un coche deportivo, resulta apabullante. La Orquesta de Cincinnati la interpretó con tanta energía y precisión rítmica tan monolítica que acto seguido resultó chocante verla acompañando a Renaud Capuçon con tanta flexibilidad en el sencillo, pero sutil en extremo, “Concierto para violín en sol menor” de Bruch. Capuçon no es uno de esos violinistas de ejecución deslumbrante que se pasean por las obras más endiabladas del repertorio, sino un músico extremadamente honesto que puso toda su calidad al servicio de esta partitura de quintaesencia romántica pero que, pese a ello, se mantiene siempre elegante y comedida. No fue uno de los momentos más espectaculares de esta Quincena, pero sí una de las interpretaciones de mayor calidad musical. La Orquesta de Cincinnati se despidió con una obra de autor bohemio pero muy ligada a América: la “Sinfonía nº 9, del Nuevo Mundo” de Antonín Dvorák. Langrée realizó un acercamiento canónico a esta sinfonía repleta de melodías indelebles, dando ligeramente más peso a los vientos que a las cuerdas. Fue una versión excelente pero parece que a Langrée le cueste redondear interpretaciones memorables de los grandes clásicos.