Perdida. Perdido

Pororoca es una palabra de la lengua guaraní que, por lo visto, significa “gran estruendo”. Es también un concepto que viene a referirse a una de las mayores cimas del mundo surfero. Esta se encuentra (o se da) en la desembocadura del río Amazonas. En breve: un par de veces al año, la colisión entre las aguas fluviales y las oceánicas produce la que es considerada como la ola más larga, potente y devastadora del mundo. Una fuerza de la naturaleza incontenible... pero cabalgable si se dispone de suficiente pericia. Se dice, se comenta, que la Pororoca permite a los deportistas más dotados, estar ininterrumpidamente montados sobre su tabla durante una eternidad.
Llegó al 65º Zinemaldia una de las cinematografías más fiables del panorama internacional. Rumanía presentó potente candidatura por la Concha de Oro a través de Constantin Popescu, director y guionista de “Pororoca”, película de más de dos horas y media de duración. Metraje que en los grandes números que baraja nos hace perder la noción del tiempo, pero también del espacio y, ya puestos, de cualquier otra medida.
Esto mismo le pasa al protagonista de la historia, padre de una familia perfecta a punto de venirse abajo. El drama empieza en un parque; la ejecución corresponde a un plano secuencia impresionante en su milimétrica planificación. El padre sale a jugar con sus dos críos, y cuando se da cuenta, uno de ellos (su hija pequeña) ha desaparecido. ¿Cómo ha podido pasar esto? No se sabe, porque solapando magistralmente conversaciones y acciones, el realizador ha desviado la atención. Nos ha pasado exactamente lo mismo que al desdichado padre, y claro, no podemos evitar sentirnos identificados con él.
Miramos el reloj y comprobamos que aún quedan más de dos horas de película. Lo que esta propone es ahondar en aquello que ya no está. En la pérdida, vaya, magnificada por un sentimiento de culpa que va creciendo (y extendiéndose) a cada escena que pasa. Mezclando el thriller detectivesco desesperado con el drama familiar desgarrado, Popescu traza un camino a la perdición.
Con el tiempo jugando en contra, los falsos consuelos se descubren como amargos reproches, las caricias como arañazos y las sospechas en peligrosas certezas. Sin rebajar nunca las altas exigencias en la puesta en escena, el director somete al conjunto a una degeneración (palpable en la degradación física y sicológica del protagonista, un más que solvente Bogdan Dumitrache) que solo puede terminar en esa ola. En ese “gran estruendo”. Un estallido tan destructivo, y tan poco apto para almas (y estómagos) sensibles, que muy a punto está de manchar todo el film. Al final, por suerte, queda y se recuerda lo importante: un notable estudio de personajes perdidos ante la responsabilidad de sus actos y negligencias.

Un ertzaina fue jefe de Seguridad de Osakidetza con documentación falsa

Aerosorgailu bat zure esne kaxan

Elogio de las puertas giratorias entre el trabajo privado y el político

«Basoez hitz egiten dute, baina basoa suntsitzen dute landaketa sartzeko»
