05/11/2017

Campesinas navarras apuestan por la soberanía alimentaria

Las pocas campesinas que quedan en Nafarroa deben enfrentarse a muchas dificultades, pero tienen a su favor su inmensa fuerza y las ganas de trabajar y luchar. Saben que están manteniendo una cultura, un pueblo vivo y el medio ambiente. Es una de las conclusiones del trabajo realizado con ellas en todo el herrialde.

Maider IANTZI|BERA
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El principal problema de las campesinas navarras es su falta de reconocimiento, empezando por ellas mismas. Muestra de ello es que en los talleres de Mugarik Gabe Nafarroa, Mundubat e IPES no se presentaran como pastoras o apicultoras. «Mi marido es ganadero y yo le ayudo», decían. O «mis padres tienen caserío y vivo allí». No se identificaban en esos papeles. «Si ellas no lo hacen, ¿cómo lo vamos a hacer los demás?», se pregunta la trabajadora de Mugarik Gabe y coordinadora del proyecto Maialen Chantre.

La joven beratarra explica que con el trabajo “Mujeres productoras y soberanía alimentaria en Navarra: una mirada desde el género” han analizado la situación del Primer Sector y, dentro de ella, la de las mujeres. En cinco talleres realizados el pasado invierno en cada merindad y un sexto en el que se juntaron todas, las campesinas tomaron la palabra para identificar y priorizar sus trabas y pensar en las soluciones. En junio presentaron todas esas ideas en el Parlamento. Este curso se han propuesto volver a reunirse en las cinco zonas, pero no solo con las mujeres, sino con todos los agentes: mujeres y hombres productores, administraciones, grupos de consumo, personas interesadas... Buscarán soluciones y regresarán al Parlamento con el fin de lograr más apoyo e implicación del Gobierno que en la ocasión anterior.

Chantre indica que en total se han reunido con 50 productoras, la mayoría mayores de 30 años y todas trabajadoras de pequeñas explotaciones, en general familiares. Por vivir en el campo, dedicarse al Primer Sector y ser mujeres, soportan una triple carga, pero la integrante de Mugarik Gabe Nafarroa aclara que el campo y la ciudad son igual de machistas. «Lo que pasa es que en la ciudad hay más oportunidades para hacerle frente».

«Hay que cambiar el modelo»

Lo que más reivindican es la necesidad de cambiar el modelo y apostar por la soberanía alimentaria, lo que implica también equilibrar las relaciones de género. Las mujeres producen la mitad de los alimentos del mundo, el 60-80% en el Sur del planeta, pero solo son propietarias del 1% de las tierras. En Euskal Herria, de diez mujeres que viven en el caserío ocho trabajan allí pero la mayoría (el 68%) sin cotizar en la Seguridad Social. En Nafarroa, el 27% de las titularidades de las explotaciones son de mujeres.

El segundo problema que destacaron en los talleres es el hecho de que la política y las leyes estén encaminadas a la agricultura industrial de grandes dimensiones, lo que dificulta la supervivencia de las pequeñas explotaciones, ya que deben competir en el mismo terreno. Señalaron, además, el desconocimiento de la gente sobre el campo y su falta de relación con él, no solo en la ciudad, también en los pueblos.

Por otra parte, envejecer en un pueblo pequeño les preocupa, ya que algunas viven en localidades de 50 o 23 habitantes donde necesitan coche para llegar a los servicios básicos. Vivir en uno de esos pueblos tiene más consecuencias: a menudo es la mujer la que tiene que asumir todas las labores de cuidado. «Las campesinas necesitan unas condiciones mínimas. Aquí también hay que buscar el equilibrio», defiende Chantre.

La joven de Bera remarca que es imprescindible asegurar el relevo generacional. Ella estudió Medio Ambiente en Gasteiz y es testigo de que en la educación no se valora el Primer Sector. «No se toma como un oficio. En el hogar tampoco se transmite, sino que se dice lo contrario: ‘Si puedes, trabaja en la ciudad’. Hay que darle la vuelta a esto, valorar este sector y trabajar para que sea un oficio digno. Todo está relacionado: cuanta más gente, más fuerza y más opciones para organizarse mejor y trabajar de manera más fácil».

Añade que cuando se habla de este tema se hace desde el sentimiento y la pena, pero que hay que cambiar esa perspectiva y darse cuenta de que es una oportunidad de trabajo, algo positivo. Estos talleres han sido una forma de valorar esta labor, también para las campesinas.