«El paso de la niñez a la adolescencia es una etapa muy dolorosa»
Nacido en Los Angeles en 1961, debutó en el largometraje con «Poison» (1991), película que lo convirtió en uno de los referentes del cine ‘indie’ norteamericano. Desde entonces, sus esfuerzos han estado dirigidos a rebelarse contra las etiquetas que le han querido ir colocando a través de una filmografía tan coherente como heterogénea. Su última propuesta, «El museo de las maravillas», llega ahora a las salas.

A aquellos que persisten en afianzar sus puntos de vista atendiendo al confort que procuran las categorizaciones y el lugar común, sin duda les habrá sorprendido que un cineasta como Todd Haynes, que desde hace veinte años soporta la consideración de ser uno de los puntales del cine ‘indie’ estadounidense en su faceta más comprometida, se embarque en un proyecto como “El museo de las maravillas”, una adaptación de la novela de Brian Selznick (autor también del guion de la película) sobre los miedos que emergen al final de la infancia ante las sensaciones de pérdida y extravío que anteceden a esa etapa de confusión que es la adolescencia, un argumento que, de entrada, parece más ajustado al Spielberg de primera hora que a un director como Haynes.
No es de extrañar, por lo tanto, que tras el aplauso unánime logrado con “Carol”, su anterior largometraje, en esta ocasión el director suscitase división de opiniones tras el paso de su nueva película en el último Festival de Cannes y, sin embargo, una visión más atenta de la misma, nos lleva a asumir que “El museo de las maravillas” es un film mucho más conectado con la obra pretérita de su director de lo que a primera vista pudiera parecer.
Y como muestra un botón: ese papel con la pregunta ‘¿Cuál es mi lugar?’ que la joven Rose (una de las dos protagonistas de un film), deposita bajo un diorama en un museo neoyorquino para que, 50 años después, lo encuentre Ben, otro chaval que, como ella, también anda buscando su sitio: «Es cierto –comenta Todd Haynes– que los personajes de todas mis películas son seres que andan buscando su lugar en el mundo, es algo que les define. No obstante, creo que es un conflicto que he abordado de manera muy distinta en cada uno de mis largometrajes. En este caso, cuando leí la novela de Brian Selznick en la que se basa el film, me atrajo la posibilidad de acercarme a esa sensación de vulnerabilidad que te acompaña cuando eres joven y te enfrentas a una pérdida».
Según el director californiano, «rodar esta película me ha reconciliado con mi infancia porque lo cierto es que, contra lo que tiende a pensarse, el paso de la niñez a la adolescencia es una etapa muy dolorosa, yo al menos tengo ese recuerdo. En la preadolescencia eres perfectamente consciente de que estás a las puertas de perder la inocencia y eso te hace sufrir, pero también hace de ti un ser extremadamente complejo, muy intuitivo. De hecho a veces pienso que EE.UU sería un país mejor si tuviéramos en la Casa Blanca a un chaval de doce años tomando decisiones en lugar de a un niño de dos como tenemos en estos momentos».
Evocar el pasado
La película muestra ese tránsito de la infancia a la edad adulta a través de dos historias narradas en paralelo y ambientadas en 1927 y 1977 respectivamente, dos relatos que, al final, confluyen y que le permiten a Haynes jugar con la representación del pasado, una de sus señas de identidad como cineasta: «Siempre me ha gustado ese juego. Para mí resulta impagable la oportunidad que te da el cine de cara a investigar y reproducir otras realidades. Los 70 no son un escenario nuevo para mí, de hecho en la historia de Ben he introducido mis propios recuerdos aunque he de confesar que las referencias a Oscar Wilde o a David Bowie ya estaban en el libro de Selznick, no son de mi cosecha como algunos me han echado en cara. No obstante, con lo que más disfruté fue con la recreación de los años 20 y no por el hecho de rodar esa parte de la película según los estándares del cine mudo sino por la reflexión que hay implícita en ello».
Esa parte de la historia es la protagonizada por Rose, una joven sorda que llega a Nueva York buscando a su madre, una reputada actriz con quien apenas tiene contacto pero con la que dialoga íntimamente viéndola sobre la gran pantalla en la intimidad de una sala de cine: «Lo interesante del asunto fue constatar que con la aparición del cine sonoro la audiencia quedó segregada y no solamente entre oyentes y no oyentes sino atendiendo al idioma de cada quien. En sus orígenes el cine era un arte con vocación no solamente popular sino también universal».
Todd Haynes confiesa que esa es una de las principales enseñanzas que ha extraído del rodaje de esta película, una idea que el propio cineasta hace suya atendiendo al espíritu inquieto y a la mirada curiosa que dice compartir con los dos protagonistas de “El museo de las maravillas”: «Yo creo que todos en algún momento nos hemos preguntado cuál es nuestro lugar en el mundo, yo al menos es algo que me pregunto constantemente y eso puede verse en mi trayectoria como cineasta. Cuando empecé a dirigir me veía a mí mismo como un director de cine bastante experimental, nunca pensé que llegaría a hacer un cine más narrativo y, sin embargo, el público y las propias dinámicas de mercado me han conducido paulatinamente hacia este tipo de propuestas que no tienen nada que ver con lo que yo ambicionaba cuando empecé en esto. Evolucionar consiste en ser capaz de responder ante los desafíos que se te van planteando».
Por esa razón, lejos de preocuparle las críticas adversas que en algunos ambientes ha suscitado su película, el director se confiesa «halagado cuando escucho decir que ‘El museo de las maravillas’ no parece una película de Todd Haynes o que es un film distinto a aquello que se espera de mí porque, en el fondo, esa era la idea, hacer una película distinta para un público distinto».
Pese a ello el cineasta estadounidense recela del reduccionismo que ha llevado a algunos a juzgar la película como ‘infantil’ en un sentido peyorativo: «Parece que para hablar sobre la niñez tengas que adoptar un punto de vista sentimentaloide, yo creo que eso obedece a la visión que tienen los padres sobre sus hijos pero está bastante alejado de la verdadera mirada de un crío que tiene zonas muy oscuras y esa es la mirada a la que he tratado de aproximarme», cuenta.

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