Dos mil años
Ya desde niño me gustaban los misterios celestes y la Musa me arrastraba en secreto hacia su trabajo. A menudo me dijo mi padre: ¿Por qué intentas un estudio sin provecho?». Pero aquel jovencito se dejó arrastrar por la Musa hasta convertirse en uno de los más grandes poetas de Roma: «Escribí mucho, pero todos aquellos versos que me parecieron malos, los arrojé al fuego para que los enmendara».
Ovidio nació en el año 41 a.c. en Sulmona, y se cumplen dos mil años de su muerte en el frío exilio al que lo envió Augusto para que su pudriera, pues al contrario que Virgilio, muchos de sus poemas, desvergonzados e íntimos, desentonaban con el puritanismo del nuevo orden imperial. En “Amores” tituló un poema “Todas las mujeres me gustan” y en su procaz “Arte de Amar” incluyó uno, muy imitado en la posteridad: “La ciudad de Roma: inventario de lugares propicios para el amor”.
Augusto le desterró a los suburbios del Imperio, a la heladora y bárbara y belicosa Tomos, a orillas del Ponto Euxino (el mar Negro), actual Rumanía. Allí escribió “Pónticas” y “Tristes”, al que pertenece “Autobiografía poética”, con algunos de cuyos versos he abierto esta columna, o también: «Aquí trato de aliviar como puedo mi triste destino con la poesía, de este modo voy pasando y engañando al tiempo. Si continúo con vida, si resisto las duras penalidades es gracias a ti, Musa, pues tú me ofreces consuelo, vienes como descanso y remedio».

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