Cuando la vida privada desplaza al talento musical

En “Marley” (2012) el escocés Kevin MacDonald consiguió un equilibrio entre lo musical y lo personal para retratar al mito del reggae jamaicano, y aunque “Whitney” también pasa por ser un documental musical y biográfico, ya no resulta tan fácil conciliar el talento como cantante de Whitney Houston y su turbulenta vida privada. Ambas películas responden, eso sí, a una misma manera de entender esta variante genérica basada en la técnica de montaje aplicada a la grabación de entrevistas y el material de archivo existente, la cual prima el rigor informativo sobre la forma cinematográfica, tanto en cuanto el mayor cliente potencial de este tipo de productos siguen siendo las televisiones y plataformas digitales, no tanto las salas de proyección.
Lo mejor que se puede decir de “Whitney” es que funciona como retrato íntimo de la que fuera gran voz de Newark, gracias a que MacDonald evita caer en el sensacionalismo, algo a lo que se apuntaron descaradamente Nick Broomfield y Rudi Dolezal con su documental previo “Whitney: Can I Be Me” (2017), a partir de la tendenciosa teoría de que los problemas de la cantante se debieron principalmente a una bisexualidad reprimida, al no poder hacer pública la relación con su amiga íntima Robyn Crawford. “Whitney” no quiere jugar una baza tan partidista, al tratarse de un documental oficial aprobado por la familia Houston. Siendo un clan ya de por sí tan disfuncional, los miembros entrevistados prueban a desviar la atención hacia los abusos que en su niñez sufrió la protagonista por parte de su prima, aprovechando que ya no está entre nosotros. Se refieren a Dee Dee Warwick, hermana de la conocida cantante Diane Warwick.
La segunda parte de la película, una vez ya resumida la carrera artística en la primera, se escora definitivamente hacia las confesiones descarnadas, con los hermanos como inductores de sus tempranas adicciones.

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