El reloj se detuvo en la tundra siberiana

Las manecillas del reloj se mueven ralentizadas durante el visionado de “Siberia”. Buena culpa de ello la tiene un guion endeble, resuelto mediante arquetipos ya visionados con anterioridad, y por un diseño de personajes que hubiera merecido un mejor y más profundo tratamiento.
El tempo lento, la economía de palabras y –como en el caso de Keanu Reeves– de gestos que ha elegido Matthew Ross, pretenden otorgar a lo filmado un empaque dramático de corte existencial que nunca asoma y lo que pretende ser una especie de variante de la magistral “El silencio de un hombre” de Jean-Pierre Melville, se debe conformar con asumir su condición de producto de saldo.
Mención especial merece la inmutable presencia de un Keanu Reeves que, tras haber logrado reflotar su carrera comercial gracias a la franquicia “John Wick”, se ve ahora en la obligación de recurrir a su único gesto para dar sentido a su personaje, un traficante de diamantes perdido en mitad de la nada siberiana y acosado por unos gángsters rusos.
Hay que reconocer que “Siberia” arranca bien. Las primeras imágenes enmarcadas en San Petersburgo funcionan y cuentan con el refuerzo de una banda sonora que sorprende por su originalidad.
Es una lástima que a medida que avanza el metraje y el “amigo americano” encarnado por Reeves se traslada a la desoladora escenografía siberiana, todo se reduzca a un lánguido encadenado de diálogos poco fructíferos y a un ritmo lento que no comenzará a despegar hasta que se aproxime la recta final. Para cuando llega este momento, que se presupone crucial, ya es demasiado tarde porque ni siquiera el factor sorpresa parece tener cabida en un filme que reniega del ritmo trepidante y se escuda en la coartada del cine de autor.
Lamentablemente, el filme, al igual que su protagonista, se queda en mitad de una desangelada y agreste tierra de nadie.
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