La broma final, terminada

Venecia siguió a lo suyo: disparando a mansalva. Tirando de artillería pesada. Como si no hubiera un mañana... y como si el ayer pudiera destruirse también. Hasta hoy, los libros de historia decían que “Al otro lado del viento” era ese proyecto maldito del legendario Orson Welles que el mundo no llegó a ver jamás.
Hasta que la Mostra lo arregló. La cinta se completó siguiendo las instrucciones del malogrado maestro, y por fin pudimos maravillarnos. El asunto iba, grosso modo, del último día en la vida de un director de cine, suerte de mezcla entre Hemingway, el propio Welles y John Houston, encargado este último de dar vida a tan desbordante personaje. Antes de despedirse, el hombre tenía pensado enseñar su última obra a sus camaradas... pero no, había un problema: la película de marras no estaba terminada.
Y ahí estábamos nosotros, acudiendo en religiosa procesión a la Sala Darsena, tras la promesa de ver completado el último trabajo de Orson Welles, quien desde el más allá se tenía guardada una última broma: todo iba sobre un film incompleto. Genial. Sublime. «¡Fraude!», pareció oírse en un rincón del Lido. «¡Todo es verdad!», respondió el eco que traía el Siroco. Y la risa del maestro resonó con fuerzas renovadas. Lo hizo durante dos horas gloriosas, propiciadas por un aparato cinematográfico incontenible. Aparentemente inacabada, pero completísima en la ejecución de la pirueta imposible: esa broma final consistente en mirarnos a la cara desde el pasado.
Las líneas temporales siguieron confundiéndose en la siguiente propuesta: “Ha nacido una estrella”, debut primero en la dirección por parte de Bradley Cooper, y después en el rol protagonista por parte de Lady Gaga. Remake de un remake... de otro remake. Esta es, recordemos, la cuarta vez que las majors nos invitan a cantar y a bailar con este drama romántico entre un antes decadente y un ahora mucho más prometedor. Si a alguien le interesa, yo ya no sé ni en qué época vivo. Cosas de los déjà vu; cosas de esta estrella, cuatro veces nacida. El producto sigue luciendo con el brillo de ese Hollywood que se conforma con el medio gas. Competente y convincente... y desde luego innecesario.
De vuelta a la Competición, Olivier Assayas sorprendió con la inesperada (y bienvenida) ligereza de “Doubles vies”. Un simpático encadenado de meta-enredos en el que el amor se descubrió como ficción basadísima en hechos reales.
Lo mejor, eso sí, corrió a cuenta de los hermanos Coen. “The Ballad of Buster Scruggs” dio en el blanco la friolera de seis veces. Los de Minnesota divirtieron con media docena de historias relacionadas por la misma época y escenario. El mito de la Frontera americana revivió a través de la comicidad del slapstick, pero también mediante la amargura del invierno más crepuscular. Todo cabía y todo acertó en este tronchante, bello y melancólico compendio no sobre el Far West, sino sobre el imaginario colec- tivo, ese lugar en el que siempre nos podemos encontrar.

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