09/09/2018

Irati Jimenez
Escritora
Cadena de responsabilidad
Conviene recordar que hasta el más triste «te lo dije» es mejor que un «no lo dije a tiempo» que nos persiga toda la vida

Me resulta imposible leer sobre el incendio en el Museo Nacional de Brasil sin sentir ese vértigo de lo irrecuperable que acecha en las grandes pérdidas y que nos conecta, inevitablemente, con la finalidad de las cosas y con la íntima sensación de que llevamos escrito no solo nuestro final sino nuestro olvido.

La tragedia debe ser peor aún para un tal Wagner Victer, que hace 14 años, al ver las condiciones del museo afirmó que lo que ha terminado sucediendo, ocurriría. Lo hizo sin rodeos, con «el museo se quemará» tan contundente que nos hace pensar que pocas veces habrá habido alguien en la historia del mundo que haya sentido más ganas de gritar «te lo dije» que este exsecretario de Energía del Gobierno de Brasil.

Debe ser una sensación agridulce, algo parecido a lo que expresa Alfred, en El caballero oscuro renace cuando discute con Bruce Wayne sobre si Batman tiene o no tiene límites. El mayordomo cree que sí, su jefe cree que no y que, en todo caso, siempre le quedará el consuelo de tener razón si algún día los descubre. «Ya sé lo mucho que te gusta decir ‘te lo dije’», contesta, a lo que Alfred, dice, simplemente, «ese día no querré».

¿Cuánta gente habrá ahora sintiéndose como Alfred o como el representante del gobierno brasileño, sabiendo que no había ningún destino trágico escrito que no se pudiera evitar? ¿Cuántos de nosotros estamos viendo a alguien caminar al abismo, observando los cables pelados sobre los que descansan nuestros futuros incendios? Y, quizá más inquietante, ¿cuántas veces no hacemos nada? ¿Cuánta gente debió ver el edificio del Museo Nacional de Brasil en el estado en el que estaba y pasó de largo, pensando que era responsabilidad de otros, que no era para tanto o que no valdría para nada?

Las grandes desgracias humanas tienen detrás una larga cadena de responsabilidad. Es tentador intentar librarnos de ella, pero conviene recordar que hasta el más triste «te lo dije» es mejor que un «no lo dije a tiempo» que nos persiga toda la vida.