El demonio y el arte

Incluso en cineastas tan extremos como Lars von Trier se pueden extraer conclusiones intermedias. Amado y odiado, el “divino danés” vuelve a asomar a la gran pantalla con otro de sus intentos desesperados por subvertir lo habitual y provocar en el espectador todo tipo de reacciones encontradas. Reconozco que dos horas y media compartidas con el autor de “Dogville” pueden extenuar a cualquiera pero, incluso en sus filmes más provocadores o difícilmente “digeribles”, es posible encontrarse con un autor juguetón que escuda su condición de “enfant terrible” tras un armazón autoril. Lo que nos encontramos al cruzar el umbral de “La casa de Jack” puede ser tomado como un ejercicio en el que Von Trier aporta su particular visión del terror, lo cual ya de por sí puede resultar espeluznante, y para ello se libera de cualquier tipo de corsé a la hora de filmar la ruta vital de un asesino en serie que se emplea muy a fondo en poner en práctica las excelencias criminales que escribió Thomas de Quincey en “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”.
Tal y como decía antes, incluso en un filme de estas características, tenemos la posibilidad de toparnos con ese sentido juguetón que esgrime Von Trier y que se traduce en un concepto de comedia muy negra. El personaje encarnado por Matt Dillon funciona correctamente dentro la exposición extrema planteada por el director y ello permite que el filme sea un juego perverso en el que adquiere una relevancia muy especial el sufrimiento padecido por las víctimas dentro de la excelencia criminal que abandera el protagonista.
No obstante, lo que predomina en esta película es la reiteración de una mecánica visual y narrativa que Von Trier ha empleado en ocasiones anteriores y que tienen en “Anticristo” su máximo exponente. De esa reiteración nace la duda razonable en torno a un discurso que se intuye agotado o que, por el contrario, puede suponer un nuevo punto de inflexión.

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