Cuando Agnès Varda cruzó al otro lado del espejo

Agnès Varda compuso en su epílogo cinematográfico no solo una lección magistral de cine, sino –tal vez lo más importante– toda una declaración de intenciones sobre la vida, el arte y en torno su propia conducta insurgente dentro de un medio en el que siempre fue colocada en un muy injusto segundo plano.
Un breve repaso a su filmografía nos revela a una creadora que supo subvertir múltiples conceptos que más tarde serían explorados por quienes fue comparada, una de las habituales injusticias que encierra el arte en sus múltiples facetas. Ya en su debut, “La pointe courte” (1955), esta cineasta dejó clara su impronta y determinaría una senda que sería recorrida por otros integrantes de la Nouvelle Vague. Abierta la senda, esta pionera optó por la saludable decisión de seguir a lo suyo, ajena a lo que acontecía a su alrededor y siguiendo fielmente su propia declaración de intenciones lo que daría como resultado una carrera a contracorriente y abierta a todo tipo de exloraciones y expresiones. En “Varda por Agnès” la veteranísima cineasta alterna ambos lados de la cámara para crear un fascinante espejo a través del cual nos lega su impagable testimonio a lo largo de una filmografia en la que siempre ha quedado clara su muy personal visión juguetona y crítica cada vez que se acercaba a la trastienda de una sociedad que, en su último tramo creativo, quedó perfectamente definida en una película de obligada visión como “Los espigadores y la espigadora” o, incluso, en ese análisis en torno a la concepción artística que supuso su última película “Caras y lugares”, en la que se asoció con el fotógrafo Jean René –JR– para compartir un viaje creativo en el que imperaba lo vital y la plena complicidad.
De todo ello se habla en esta crónica filmada en la que Varda vuelve a servirse del documental para continuar su exploración por los senderos de la ficción.

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