12/09/2019

Cuando la acción no deja espacio para la reflexión
Koldo LANDALUZE
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Lo que Anthony Maras ha plasmado en imágenes no es más que la sublimación de un acto violento transformado en espectáculo. Tomando como referencia la cadena de acciones armadas que se escenificaron en Bombay en noviembre de 2008 y que fueron ejecutadas por un grupo islamista autodenominado Muyahidines del Decán, lo que se asoma en la pantalla no es más que un calculado filme de acción que si bien incluye los obligados ramalazos de emoción, sobre todo en lo concerniente a los pasajes de pesadilla que compartieron los clientes occidentales y trabajadores nativos, todo se funde en un caótico montaje en el que nunca sabemos a ciencia cierta cuáles son sus verdaderas intenciones. Ello se debe a que Maras imprime un oportuno ritmo a las secuencias de acción pero que resultan un tanto farragosas en cuanto los sentimientos afloran a lo largo del metraje. En “Hotel Bombay” impera la confusión, no solo la que lógicamente se vivió in situ, sino la que nos transmiten las imágenes, una colección de secuencias mal cosidas que en multitud de ocasiones chirrían debido al subrayado sensiblero que asoma en esos planos y diálogos sustentados por un extraño halo de luz que el espectador tiende a relacionar con lo místico o angelical. A años luz de propuestas mucho más efectivas como “Hotel Rwanda” (2004) de Terry George o la más reciente y mucho más honesta e implacable “Utoya. 22 de julio” de Erik Pope, esta producción australiana cuenta entre sus mejores momentos aquellos en los que se quiere captar el sobresalto y la angustia inicial de esta tragedia que se saldó con la muerte de 173 personas. Mención especial merece, sobre todo, el esfuerzo interpretativo que realiza Dev Patel en la piel de un camarero del lujoso Taj Mahal Palace Hotel.