21/02/2020

Reverencias al pasado

Creíamos que hoy mismo empezarían a notarse los primeros efectos de la revolución, pero esta tuvo que esperar... por lo menos un día más. La apertura sirvió más bien para trazar una especie de transición: la 70ª edición de la Berlinale, aquella que debería servir para agitar radicalmente el –desolado– ánimo del certamen alemán, empezó de forma mucho más discreta de la esperada.

De hecho, fue casi como si nada hubiera cambiado. Pero como suele decirse en estos lares, «que no cunda el pánico, que esto apenas ha empezado». Esto sí, la ilusión con la que acudimos este año a la capital germana se rebajó sensiblemente con dos películas que nos recordaron mucho a los tiempos pasados. A lo mejor, porque precisamente este era su leitmotiv compartido. Nos guste o no, la Berlinale siguió mirando hacia atrás.

La película inaugural (presentada fuera del Concurso por el Oso de Oro) fue “Mi año con Salinger”, adaptación de la novela homónima escrita por Joanna Rakoff, y cuya acción nos llevó a la Nueva York de los años noventa... donde existía una agencia literaria muy empeñada en no salir de la década de los sesenta. Por algún momento olió muy a cerrado, y a lo mejor esta era la intención del director canadiense Philippe Falardeau, pero en cualquier caso, se impuso el aroma cargante de esas producciones menores con ínfulas de prestigio.

En otras palabras, fue la típica película con la que capear, tirando de ley del mínimo esfuerzo, el compromiso de dar por inaugurada una celebración en la que el arte de altura y el glamour bailen (bien agarrados) al son de la misma melodía. Dicho de otra manera, el encanto estaba en ver al incombustible carisma de Sigourney Weaver enfrentándose a ese enigma de momento indescifrable para el séptimo arte: ¿cómo demonios meter a J.D. Salinger (a él y a su divino legado) en una pantalla?

Un punto de partida que podría pasar por ambicioso, incluso por realmente interesante, pero que rápidamente se disolvió en un conjunto que claramente estaba preocupado por temas mucho más menores. Véase meter a tiempo un chascarrillo, véase introducir un número musical sin mayor pretensión que masajear un poco el oído... Y así durante poco más de hora y media, en la que se confirmó como una pieza muy coherente dentro de la siempre auto-complaciente filmografía de Falardeau.

Lo que ya dolió más fue lo de Jia Zhang-ke. El maestro chino llegó a Berlín con “Swimming Out Till the Sean Turns Blue”, documental de valentía casi contra-cultural en su reivindicación de la memoria histórica... pero increíblemente pesado a la hora de darle forma. El experimento se tradujo en casi dos horas de primerísimos primeros planos y desenfoques ambientales. Importaban las caras de los protagonistas (antes mártires; ahora héroes); se imponía su voz. Así discurrieron los testigos y testimonios de un pasado que algunos quisieran dar por enterrado, pero que el artista se empeñó en mantener con vida. Nobles propósitos... pero demasiadas concesiones a la esfera sentimental. A Jia Zhang-ke le pudo la reverencia al pasado, y a la Berlinale también.