25/02/2020

Desbordados por la vida

Tenía que pasar en esta edición de la Berlinale; estaba escrito. Ayer nos dimos cuenta de que en esta ocasión, el festival germano a lo mejor iba a romper con la tradición de los últimos años, y que consecuentemente rendiría a plena potencia, negándonos así el respiro, fuera cual fuera la sesión en la que intentáramos dejarnos caer muertos. La competición corría al ritmo de película excelente por proyección, y más allá de la carrera por el Oso de Oro, la pantalla seguía exigiendo nuestra plena atención.

Entonces aparecieron otros dos genios para confirmar la tendencia. Benoît Delépine y Gustave Kervern (para entendernos, algo así como una versión francesa y mucho más expeditiva de los primerizos hermanos Farrelly) presentaron “Effacer l’historique” (traducido: «borrar el historial»), una comedia tan salvaje como oportuna, pues llegó en un momento –histórico– tan apocalíptico, que a la fuerza requería una respuesta a la altura. La película nos presentó a tres amigos; a tres pobres infelices aplastados por el absurdo peso del presente... o a lo mejor por su perfecta adaptación a una era que, se mire como se mire, parece presagiar el Apocalipsis.

Delépine y Kervern la tomaron con los grandes tótems del siglo XXI: Facebook, Amazon, Glovo, Airbnb... no quedó gigante empresarial sin cabeza. Y exactamente así se comportaban los extraños seres que se paseaban erráticamente por la pantalla: como vida que a lo mejor llegó a inteligente en un pasado muy remoto, pero que ahora concedía el monopolio de la materia gris a los algoritmos y a los códigos de programación que ahora mismo rigen nuestras vidas. El panorama dibujado fue ciertamente devastador, pero de la mano de estos maestros del anti-glamour, la desolación se recicló en carcajadas, algunas de ellas algo desesperadas. Todo resultaba gracioso porque todo era real: maldito el mundo y bendita la gracia que nos dio.

Por latitudes similares se movió, como cabía esperar, Abel Ferrara. En “Siberia”, el más pendenciero objeto de culto del cine autoral, se recluyó en una cabaña perdida en la estepa rusa, y ahí se peleó consigo mismo. Willem Dafoe, de nuevo alter ego perfecto de Ferrara delante de la cámara, se desdobló y se enfrentó a las hordas de diablos interiores que le acosaban. Aquello fue una pelea de hora y media librada contra el mundo entero, y a todo esto, el cine siguió confirmándose como violento generador de catarsis; como terapia de choque en la que no quedaría ni el más mínimo resquicio para la mentira. El director neoyorquino no cejó en su via crucis personal, y convirtió la pantalla en un desquiciado y muy dantesco recorrido por las miserias de la masculinidad. En la sala, los hubo que rieron, gritaron y se fueron con un sonoro portazo. Reacciones radicales en total coherencia con la radicalidad de lo expuesto.

Al final, quedó tiempo para “My Little Sister”, de Stéphanie Chuat y Véronique Reymond, un correcto pero innecesario drama de metástasis familiar. Una excusa como cualquier otra para disfrutar del talento de la vedette Nina Hoss. Poco más que la resaca de un mundo y un cine que desbordan.