20/03/2020

Reportage
 
¿HA CONSEGUIDO ALGUIEN CRUZAR?

Mientras el éxodo masivo de migrantes y refugiados se diluye tras la contundente respuesta de la UE en Grecia, el coronavirus dificulta el retorno a casa de muchos de ellos.

Karlos ZURUTUZA
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Mulay sabe que apenas se tardan 20 minutos en cubrir los 50 kilómetros entre El Aiún (Sahara ocupado) y Las Palmas, donde vive su hermano. Habría sido tan fácil como subirse a ese avión para poder visitarle, pero eso es algo imposible sin un visado en el pasaporte. Un día a principios de este mes, Mulay vio que la televisión, los periódicos y los grupos de Telegram hablaban de miles de personas concentradas en la frontera grecoturca para intentar entrar a la UE. El joven saharaui pidió dinero a familiares que juntó con sus ahorros, compró un vuelo desde Casablanca a Estambul, y de ahí tiró hacia los Balcanes. La distancia entre el Aiún y Las Palmas sería de 7.000 kilómetros en aquel viaje, pero habría merecido la pena de no haberse quedado varado a mitad de camino. Aquella «marea humana» que mencionaban los medios es hoy un pequeño charco en la frontera con Grecia. Edirne, en la Tracia turca, ya no es escala sino fin de trayecto.

Fue el pasado 28 de febrero cuando Recep Tayip Erdogan, el presidente turco, confirmó la apertura de la fronteras turca con Grecia. En un discurso televisado, Erdogan cargaba contra la UE por no cumplir con el acuerdo alcanzado en 2016 para el cierre de la frontera a cambio de ayuda económica (6.000 millones de euros) para costear el mantenimiento de aproximadamente cuatro millones de refugiados hoy en suelo turco. El anuncio provocó un efecto «llamada» que retumbaba sobre el recuerdo de aquel éxodo masivo hacia Europa de 2015.

Zona vetada a la prensa

Si bien la agencia de noticias estatal Anadolu sigue hablando de «multitudes» concentradas en Edirne, lo cierto es que apenas hay rastro visible de ellos en esta ciudad fronteriza. La semana pasada se vieron imágenes de grupos cruzando el río Evros en botes hinchables, así que conducimos a lo largo de la orilla oriental del río. No vemos a nadie, ni tampoco en el paso fronterizo de Ipsala, donde un sirio murió tras un disparo supuestamente efectuado desde el lado griego el pasado 2 de marzo. De vuelta en Edirne, tres jóvenes, posiblemente afganos, esperan pacientemente tras ser retenidos en un puesto de control de la Policía en la carretera que lleva a Pazarkule, el paso fronterizo. Los agentes son tajantes: no podemos hablar con ellos ni tampoco seguir adelante.

Las carreteras secundarias también están bloqueadas por puestos de control por lo que resulta imprescindible probar nuevas vías. Una de tierra, utilizada únicamente por campesinos locales, lleva a un descampado en el que unas 20 personas esperan sentadas en el suelo con todas sus pertenencias distribuidas a su alrededor. Parecen los supervivientes de una catástrofe aérea, pero algunos acaban de llegar, otros se van y otros se lo piensan. Es Mulay el que nos presenta a Abdula, quien viaja con una sola pierna, sus dos mujeres y sus nueve hijos. Son sirios de Deir Ezzor a los que se les ha vetado el acceso al campo improvisado levantado contra la valla fronteriza. Está a unos 200 metros en línea recta, pero no podemos acercarnos para evitar ser arrestados por la Policía turca. Pedimos los detalles del lugar a Abdul Majid, un argelino de 23 años que acaba de salir. «Hay miles, pero no sabría decirte cuántos», explica este cocinero de Argel en un francés perfecto. Luego mandará fotos. Según parece, solo se puede abandonar el campo una única vez durante la estancia, apenas tres horas. Es la primera salida de Abdul en 14 días y, como el resto, sale para comprar comida en el barrio hoy cercado de Kara Agaç, al oeste de Edirne.

«Nos dan un botellín de agua, una chocolatina y un cuenco de sopa cada día pero no es suficiente», explica este cocinero argelino, que también ha aprovechado la salida para comprar carga para el teléfono y poder hablar con su madre. Fue ella la que insistió en que subirse a una patera para llegar a España era demasiado peligroso: mejor volar a Estambul y probar suerte desde allí.

Violencia

De momento no la ha habido ni para él ni para nadie. Omar, un sirio de Raqqa, es conocido en el grupo por haberlo conseguido el pasado 1 de marzo. Dice que abrió un hueco en la alambrada con unos alicates que le dio la Policía turca y cruzó al otro lado. Tras ser capturado por la Policía griega, fue devuelto al lado turco en calzoncillos. La ropa era lo de menos, no así su móvil y todo el dinero que había juntado para la travesía. Junto con el gas lacrimógeno y la suspensión de peticiones de asilo durante un mes por parte de Atenas, las devoluciones «en caliente» son otra de las medidas de la UE para contener el flujo de migrantes.

La violencia no parece exclusiva del otro lado de la valla. A los insultos y amenazas por parte de la Policía turca contra los que se niegan a abandonar el campo se suman los asaltos por parte de individuos sin identificar. Le pasó a Ibrahim, un pintor de Damasco de 42 años que acabó encañonado por un grupo de encapuchados que le robó su dinero turco. Afortunadamente, el sirio conservó los dólares que llevaba escondidos en su tobillo. A su lado, Ahmed, un marroquí de 24 años, asegura que este descampado entre la entrada del campo y el último puesto de control de la Policía es el lugar donde están más expuestos. Luego se despide, no quiere problemas con la autoridad turca en el campo tras su único permiso en diez días.

«¿Tienes fuego?», pregunta alguien. Se llama Demir y es turco, de Esmirna. También profesor de Filosofía. Acaba de llegar y quiere saber «cómo funciona esto». Se le acumulan las preguntas: «¿Ha conseguido alguien cruzar?; ¿crees que ser turco me ayudará con la Policía?; ¿igual lo contrario?». No hay respuestas.

Llega el turno de Abdula, un damasceno que ha pasado siete de sus 29 años en un campo de refugiados en Líbano. Su hermano mayor, Mohamed, le espera en Munich, donde se instaló tras ser uno más de aquel éxodo masivo de 2015. Cuando llegó a Estambul hace dos semanas, Abdula pensaba que esta vez sería como aquella. Ahora tiene dudas.

El virus

De vuelta en la somnolienta Edirne, las horas pasan despreocupadas en su ciudad vieja otomana, a la sombra de los minaretes de la mezquita de Selimiye. Dicen que es la más bonita de toda Turquía. Desde un puesto de gorras y sombreros del bazar, Ümit dice que, si bien los primeros días de marzo la ciudad estaba abarrotada de «gente llegada de todas partes», hoy no hay ni rastro de ellos. «Supongo que se han ido todos porque ha corrido la voz de que nadie está cruzando», dice el tendero. Desde el cafetín Pazar, justo al lado, Mahmud asegura que la estampa de principios de marzo era mucho más impresionante que la del éxodo de 2015. «Ya no se les ve por aquí. Pobre gente».

Suena el teléfono. Por lo visto, Mulay, el saharaui, le ha pasado nuestro número a Suhayl, un marroquí de 31 años que se ha retirado a la ciudad para reponer fuerzas y, quizás, volver a intentar cruzar. Nos manda las coordenadas de su localización porque no se atreve a salir a la calle. Dice que la Policía está deteniendo a migrantes y desplazados para llevarlos de vuelta a Estambul.

«Es justo al revés que hace dos semanas, ¿sabes?. La gente entonces se subía aun autobús gratuito desde el centro de Estambul para llegar hasta aquí», recuerda el joven. Desde el sótano de un hostal en la ciudad vieja de Edirne, Suhayl cuenta que llegó hace dos meses, mucho antes del anuncio de apertura de las fronteras. «La gente ha cruzado desde siempre por aquí y pensé que yo también podría hacerlo», dice, sentado sobre un colchón. Suhayl es uno de tantos marroquíes que han atravesado el Estrecho en las tripas de un camión. Lo consiguió hace seis años y llegó a Barcelona, donde conoció a la que hoy es su mujer y con la que tuvo un hijo. «Luego me pillaron sin papeles y me expulsaron». Lo volví a intentar en patera pero éramos demasiados. No me ahogué de milagro, pero tampoco llegué a España».

Ya en la frontera greco-turca, consiguió cruzar dos veces: una a través de un agujero en la valla y la otra nadando por el río Evros. Imposible: fue interceptado en ambas ocasiones y molido a palos por la Policía griega. Hasta le rociaron con gasolina. «Está claro que quieren meterte miedo para que no lo vuelvas a intentar, y lo están consiguiendo», dice el marroquí. A su lado, Hisham, de 39 años, se recupera con una pierna enyesada. Se la rompieron los griegos y no recibió asistencia médica hasta llegar al lado turco. Su historia es parecida a la de Suhayl, solo que su mujer y su hijo le esperan en Sicilia. Enseña una foto del pequeño en el móvil. Se llama Altun. Hamza también es marroquí y, al igual que sus dos compañeros de viaje, es ya un veterano de esta frontera oriental de la UE. Le duelen las palizas, pero también pensar en lo que podría haber hecho con el dinero que se han quedado las mafias del tráfico: 2.000 euros por un pasaporte italiano falso que le confiscaron nada más aterrizar en Estambul y 1.500 para un tipo que le prometió cruzar por el río. «4.000 euros en total incluyendo los gastos del viaje», dice este lavacoches de Casablanca de 23 años. Reconoce que tiene miedo y que solo piensa en volver a casa.

«Eso también está difícil», interviene Suhayl. «El coronavirus está afectando a los vuelos: cada vez son menos y más caros. Yo había pensado en volver a Estambul y trabajar una temporada en un restaurante o una casa de té pero ahora están cerrando todas por el virus». Hisham no tiene dudas: intentará cruzar de nuevo, incluso con su pierna escayolada. Hamza vuelve a decir que no, esta vez con la cabeza, pero Suhayl se lo piensa. «Igual lo vuelvo a intentar», suelta de repente. «Tras un par de días descansando me veo con fuerzas. No sé».

4.000 euros >
Hamza piensa en lo que podría haber hecho en Marruecos con los 2.500 euros que pagó por un pasaporte italiano que le confiscaron nada más aterrizar en Estambul y los 1.500 que dio a un tipo que le prometió cruzar el río.